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La odisea de la masturbación femenina

Hablemos del elefante blanco que es la masturbación femenina.

Cuando era niña mis padres me explicaron sobre sexualidad de una forma clara y completa. Cuando jugaba Barbies mis amigas se sacaban de onda de que yo les abriera las piernas a las muñecas para que dieran a luz «por parto natural» y me acusaban con sus mamás. Empezó a ser notorio cómo cada quien traía un contexto distinto. Yo, hija de científicos, sabía de pe a pa el ciclo reproductivo. Pero ¿Y qué pasa con el placer? Ah, esa es otra historia.

Sabía cómo una relación sexual era necesaria para concebir un bebé, pero jamás me dijeron que se podía disfrutar sin fines reproductivos y que había un placer sexual. No solo en casa, tampoco en la escuela. No escuché nunca a nadie hablar sobre placer sexual femenino como hasta los 22 o 23 en una revista de Veintitantos.

En secundaria era común que en clase de biología se hablara de masturbación (masculina) y hasta había prácticas de laboratorio para ver espermatozoides frescos y tibios con el microscopio. ¿Pero qué pasaba? ¿Por qué tanto secreto, tanta invisibilidad?

Yo descubrí la masturbación por accidente. Un rozón accidental que se sintió muy bien. Sensaciones que nunca antes había tenido. Y como me han dicho que todas las cosas que más disfruto, como los dulces son malos, seguro algo que se siente tan bien debía ser malo. Y ahí empezó la culpa, la vergüenza conmigo misma. Cada vez que me tocaba, me regañaba a mi misma por dejarme caer ante la tentación y me castigaba quemándome las puntas de los dedos. Sí, así de radical como lo leen. Así estuve prácticamente uno o dos años de mi vida.

Fue un descubrir muy solitario, porque nos educan a decir «guacala los genitales (femeninos)» y cuando empezaba a investigar con amigas para ver si ellas sentían «algo», me decían que qué asco. Ya no me acusaban con sus mamás pero igual me sentía como si hubiera algo malo conmigo. Todavía en universidad tenía amigas que jamás se habían masturbado.

Para mí la masturbación es un ritual de autocuidado tan importante como lavarme la cara o cepillar mis dientes. El haber descubierto lo que me era placentero desde chica fue muy relevante para mis relaciones sexuales, en donde yo no me adapté a lo que alguien más me decía lo que debía sentir, sino que yo misma podía decir qué me gustaba, que no me gustaba y cómo.

Es un momento de intimidad contigo misma donde se vale de todo; desde arreglarte de forma especial o ponerte lencería para ti, hasta hacer un entorno con luz y música atractiva. Es un ejercicio, que al igual que el sexo, tiene una gama de opciones infinitas. Incluso el cambiar de cuartos en tu casa para hacerlo, o probar posturas distintas. No hay exploración más bella que la de una misma.

Xoxo, D.

Me dejé crecer el vello del cuerpo

Cuando empezó la cuarentena decidí dejar crecer el vello de mis piernas y de mis axilas. Total, no estaba saliendo, nadie me veía y aprovechaba para dejar mi piel descansar.

Me depilo desde que tenía 13 años. Soy muy velluda y siempre me acomplejó mucho eso, por lo que me quitaba el vello de brazos, piernas, axila, bigote y me dejaba lisa cuál foca.

Hace como 8 años dejé de depilarme los brazos, y aunque al principio fue muy raro para mí, rápido me acostumbré. De repente me gustaban mucho mis brazos (a la fecha me encantan).

Después de tantos años de rasuradas, cera, cremas y demás, los pelitos enterrados y la piel irritada eran comunes en mi día a día, por lo que darle un break a mi cuerpo me pareció una gran idea.

Lo primero que noté fue la suavidad que empecé a tener, sobretodo de las axilas. Me daba mucha pena salir a la calle si tenía que salir a la tienda o a tirar basura, y me cambiaba por prendas de manga larga y pantalones, quesque para evitar la mirada incómoda.

La prueba de fuego para mí fue el traje de baño frente a familia, y aunque al inicio sí los ví con intriga, también se fueron acostumbrando a medida que yo me fui sintiendo más cómoda. No saben lo feliz que estaba con mis vellitos.

Hace poco con la llegada del calor, usé un vestido que me gusta mucho, pero me gusta más con las piernas sin vello. Ah, caray. Al principio sentí que estaba fallando a mi principio de mujer empoderada al querer depilarme, pero no; la decisión radica en hacer las cosas para mi, y al final del día el vello del cuerpo es como el cabello o la barba: tú decides cuándo lo cortas y cómo lo traes. Si en algo te sientes más cómoda depilada, hazlo, si te quieres dejar crecer el vello, hazlo también. No es como que rompas ese statement, al contrario, el statement es haz lo que quieras.

Si alguien te ofende, fuck it, el problema es de esa persona, qué se quede con esa incomodidad. Tú cuerpo, tú decisión.

Xoxo, D.

Tuve Covid-19 ¿Y luego qué?

Te cuidas, te contagias, aprendes que no puedes controlarlo todo ¿Y luego, qué?

Quiénes son cercanos a mi saben que desde que comenzó esto, he sido extremadamente cautelosa, tanto en guardar aislamiento como en la sanitización de mi casa y lo que entra a ella, rayando en lo obsesivo, he de confesar.

A principios de febrero me contagié. Pese a todos los cuidados hubo algo que estuvo fuera de mi control, y como me dijo una amiga «esto es una pandemia, tú haces lo más que puedes de tu parte, pero no puedes controlarlo todo.»

Ante esta situación ¿Qué pude controlar entonces? El tener atención médica desde el principio, el cuidar mi alimentación, el vigilar mi consumo digital, el prestar atención a cada cambio y síntoma de mi cuerpo y a darle la importancia que merecía al reposo para recuperarme. Digo, ahora ya lo puedo ver así, en ese momento no.

Algo que googlee mucho fue cómo regresar al trabajo después de la incapacidad. No encontré nada. Yo buscaba tips, experiencias personales, un algo, y como no lo hallé, decidí escribirlo, mes y medio después de mi contagio.

Lo más importante para mí, y complicado, fue el tenerme paciencia. Al menos en mi caso, después de recuperarme, mi cuerpo no está en las mismas condiciones que antes de enfermar: soy más lenta, menos ágil mentalmente y me canso más rápido. Una de mis secuelas es que olvido palabras o pierdo el hilo en conversaciones (ya cada vez menos, pero aún) y eso me frustraba mucho. Me ayudó el ser transparente con mis compañeros de trabajo y decirles tal cual «se me olvidan las palabras, ustedes ayúdenme». No hay por qué fingir que todo es igual. Llegué a cancelar juntas porque me sentía agotada mentalmente y me cansaba de hablar mucho.

Algo que aprendí, es que como muchos ya pasaron por esto, empatizan contigo cuando dices «me pasa esto», y ellos mismos te apoyan y te dan consejos de su experiencia. Es muy importante dejarse ayudar, sobretodo quiénes tenemos tendencia a querer hacerlo todo.

No te exijas de más. Tu cuerpo te va a ir diciendo hasta dónde. No regresé de tiempo completo, la primer semana estuve como medio tiempo porque quedaba exhausta. Descansar mucho también ha sido vital para mí: dormir más temprano, tener siestas, lo necesario para reponer energía.

Me deshidrato con más facilidad, me apoyo de sueros de vez en vez. Elige lo que es verdaderamente más importante. ¿Para mí? Era ver a mis papás a quienes no veía desde noviembre, así que en cuanto fue seguro, con todo el cuidado fui a verlos y a disfrutarlos inmensamente.

He procurado estar saliendo a caminar, y aunque no puedo ir tan rápido como antes porque me agito con mucha facilidad, cada día puedo un poco más. El primer día caminé solo como mil pasos, con descansos intermedios; mes y medio después, ya puedo caminar como 3 km de forma continua.

Tú eres lo más importante, busca sentirte y estar bien, lo que eso signifique para ti. Date permiso de sanar física y mentalmente.

Xoxo, D.

A un año de nuestra despedida…

Fuiste mi inseparable compañero desde la adolescencia. En las buenas, en las malas y en las miserables. Podía contar contigo para darme ánimos, para quitarme el miedo o la ansiedad, y para coronar alegrías.

A veces me llegan ataques de nostalgia y te pienso. Luego caigo en veinte de que no te extraño a ti en concreto, sino una época o mi versión más juvenil.

A veces me acompañabas también en mis días deportistas. Nos veíamos después de una cascarita o de un partido de basquet. En los últimos años, a veces saliendo del gimnasio. Estuviste en cada desayuno, cada comida y cada cena.

El cigarro trae un simbolismo muy fuerte para mi: rebeldía, poder, masculinidad, hedonismo. Como todo fumador, me sabía hasta el cansancio los riesgos a la salud, el costo económico y demás clichés a los que recurrían los que me querían convencer de que no fumara. Ni todos los argumentos, ni todas las imágenes en las cajetillas podían convencerme de lo contrario.

Dejar de fumar es igual de íntimo que empezar a hacerlo. Es una decisión que no nace de la lógica, nace de algo más subjetivo, de algo imaginario.

Yo fui una fumadora que verdaderamente disfrutaba de fumar; me dio grandes recuerdos y grandes historias, como el día que me abordó un vagabundo para pedirme un cigarro sobre Av. Ejército Nacional. Yo muy entaconada y arreglada, venía saliendo de una entrevista de trabajo para una ONG. Eran como las 7 pm y me disponía a fumar un cigarro antes de tomar el taxi que me llevaría a casa. Se me acercó «Alfonsito», con quien compartí una plática de media hora mientras me contaba de la vida en la calle, me daba tips para mejorar el sabor del tabaco y me preguntaba sobre mi vida. Me sugería que trabajara para comprarme una casa en Miami. La gente se me acercaba para preguntarme si estaba todo bien o si necesitaba ayuda, les causaba extrañeza verme riendo y conversando con un hombre con los pantalones rotos, cara llena de hollín y sonrisa chimuela. Se despidió de mi para proseguir su camino errante dándome las gracias por una plática tan amena y me dijo que se llamaba Alfonsito.

A un año de dejar de fumar lo recuerdo con algo semejante al cariño, pero me siento feliz de que no sigamos juntos. No decidí dejarlo por salud ni por economía. Decidí dejarlo porque simplemente ya no íbamos bien juntos. Así, separados, estamos mejor.

Xoxo, D.

Controla los ataques de pánico

¿Qué te pasa cuando tienes un ataque de pánico? Y cómo vivir con ellos sin que sean una pesadilla

He pasado por muchos ataques de pánico desde que tengo 17. Era tan común para mi, que aprendí a leer los síntomas. Esto me ha permitido:

1) Saber que estoy teniendo un ataque y que no voy a morirme (porque así se siente)

2) Utilizar técnicas de respiración para disminuir los síntomas. Hay un ejercicio de visualización en el que respiras al mismo tiempo que dibujas un cuadrado con tus dedos. En cada borde inhalas o exhalas y lo realizas por un par de minutos. Hay otra técnica en la que describes 5 objetos que observas, 4 sonidos que escuchas, 3 olores, 2 texturas y 1 sabor que sientes.

3) Tener un plan de emergencia por si los ejercicios fallan. Usualmente cuando siento los síntomas de «no retorno», tengo de 10 a 15 minutos antes de entrar en crisis. En ese tiempo identifico algún hospital cerca. Si estoy acompañada, explico que estoy por tener un ataque de pánico fuerte y que necesitaré de su ayuda para repetirme que respire y que pasará pronto.

¿Cómo llevó mi vida con ataques de pánico?

En mi vida pre contingencia, había veces no podía ir a algún evento social. Me venía la sensación de que algo muy grave ocurriría si iba. Cuando sentía eso, no me obligaba a ir. El cancelar un compromiso me ayudaba a bajar la taquicardia. La regla aquí era no permitir que sucediera siempre. Obligarte a salir es importante para comprobar que solo es tu ansiedad. Sobretodo en esta época en la que se suma la necesidad de la sana distancia.

Tip de oro: Si vas a cancelarle a alguien importante para ti, explicar por lo que pasas ayuda a evitar malos entendidos (y te sigan invitando). Es difícil, sí, pero aligera la carga de tus emociones. La gente que te quiere lo entenderá y seguirá ahí para cuando pase la racha.

Date permiso de sentir

Construí la imagen de ser una persona muy fuerte por lo que me cuesta mucho hablar de mis emociones. No suelo llorar en público y hasta me cuesta hacerlo en privado. Cuando necesito hacerlo, veo series o películas lacrimógenas que me dan el pretexto. Llorar te permite hacer catarsis y te limpia el alma.

Si es algo ya recurrente, busca ayuda

Conforme fui creciendo, aprendí que los ataques de pánico son más comúnes de lo que creemos, pero muchos no saben que lo padecieron. Si comienza a sucederte con cierta regularidad, es importante buscar ayuda, de preferencia psiquiátrica (no, no son loqueros, quita esa idea absurda).

¿Cómo sabes que es un ataque de pánico?

Hay varios recursos online que te permiten conocer los síntomas. Yo he tenido de todo tipo: taquicardia, hormigueos, hipertensión, dolor punzante en el brazo (tipo infarto), sensación de que vas a morir… hasta parálisis facial y vómito. Sí, es algo HORRIBLE, pero con técnicas adecuadas y ayuda profesional, se puede controlar.

Xoxo, D.

De-Construyendo la femineidad

Me hice presa de mi género. De la aprobación constante, del rol que me tocó jugar. Todo comenzó por el inicio. Ese XX que me condenaría a un destino aparentemente escrito. Mis hermanos, todos hombres; toscos, bruscos, masculinos. Yo era la luz de mi madre, la delicadeza. Ese vínculo que por fin tendría con la femineidad; las zapatillas de ballet, los vestidos de tul, las trenzas. Poco le duró el gusto. Me llegó primero el amor por el lodo y los charcos, por el cabello despeinado y las rodillas raspadas. 

Crecí aborreciendo el rosa y los encajes, el maquillaje, las zapatillas. Ahora que lo pienso, en secreto siempre los quise, pero yo no podía quererlos, yo no era una niña. Yo no quería, o debía querer ser una niña. Una niña quería ser princesa; yo nunca fui la princesa de nadie; yo nunca dejé que alguien me hiciera su princesa. Una niña se preocupa por verse bonita; yo no me sentía bonita y nadie me llamó bonita hasta que fui adolescente. Yo era inteligente, a mi me halagaban la inteligencia desde niña -y hasta la fecha. Una niña soñaba con su príncipe azul, con su vestido de bodas y con ser madre; yo soñaba con ser autosuficiente, con un Jeep, viajar por el mundo sin echar raíces en ningún lado y una casa a la que llegar a dormir. 

Durante muchos años, me fui repitiendo una y otra vez esos mantras. Era parte del ritual aborrecer públicamente las cosas de niñas. Era parte del ritual erigirse como una súper mujer, la que no es como las mujeres convencionales. La que no quiere ser esposa, ama de casa ni madre. La que no hace el amor y coge. La que es realista y no vive alimentando fantasías. La que no sueña con ir a París. La que no lee revistas de belleza. La que es cínica y directa. El día que me di cuenta que quería casarme lloré, lloré mucho. 

Aún recuerdo el día que se vinieron abajo todos esos mantras. Estaba sentada en la sala, cosiendo una colcha con plumas de ganso (una escena muy irónica). Yo estaba llena de plumas, y es que las malditas seguían saliendo por más que cerraba los agujeros. No pude más y me quebré. Mi terapeuta me decía que lloraba ante mi imagen de mujer victoriana. Me di cuenta de que al estar ahí sentada, cosiendo, era un ama de casa. ¿Y el glamour y la seducción de la súper mujer? Era también una historia romántica sobre la nueva femineidad.

Nos compramos el cuento de que, de entrada, tenemos que ser esas súper mujeres: buenas en casa, buenas en el trabajo, buenas amigas, madres, amantes, esposas… Han sido muchos años de trabajo conmigo misma para poner las piezas de esas cosas a las que siempre renuncie ¿y saben qué? Que muchas de ellas me encantan. Disfruto enormemente aprender cada día un poco más sobre maquillaje, a tener mi casa linda, a experimentar con la ropa, a investigar sobre ciencia, a jugar videojuegos, a apasionarme por mi trabajo y tirarme en cama con mis gatos. Soy buena para algunas cosas, mala para otras y de vez en vez, por falta de tiempo o práctica pierdo la habilidad que tenía en una cosa para ganarla en otra. Y está bien.

Puedes ser mujer, lo que quiera que eso signifique para ti. Y si no quieres serlo, está perfecto también.

Xoxo, D.