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Estoy en duelo por mi empleo

El duelo en sí es ese periodo que vivimos tras una pérdida. Usualmente relacionamos el duelo tras un fallecimiento, pero ¿Podemos sentir otro tipos de duelos?

Llevo más de un mes sintiéndome triste, confundida e incómoda. Mi primer línea de pensamiento es que era producto del hartazgo del confinamiento. Luego comencé a pensar que quizás era el inicio de una de esas profundas depresiones que me dan cada ciertos años y que no me permiten ni hacer ni disfrutar nada.

La semana pasada, tras muchos ejercicios de análisis e introspección, pude nombrar a eso que me estaba pasando: un duelo.

Hace un mes cambié de empleo, y aunque es una gran empresa y una gran oportunidad, resentí mucho mi salida del lugar pasado. Verán, mi ex trabajo tiene una cultura organizacional fabulosa, que era extremadamente compatible con mis visión y mis valores. Además trabaja con un producto que disfrutaba enormemente. Y ustedes dirán ¿Entonces por qué te cambiaste? Pues los cambios a corto plazo que estaban sucediendo en mi área ya no era compatibles con mi visión. Y no que la mía fuera la correcta y la otra no, para nada, simplemente ya estábamos en caminos distintos. Hice lo posible para ver si podía acomodarme en otra parte, pero eventualmente me cayó el veinte de que ya no había forma de seguir juntos.

Hago mucho la analogía de una relación de pareja, en la que se quieren mucho pero uno quiere una cosa y el otro algo completamente distinto. Y así, la relación simplemente debe terminar para que no se lastimen, no haya resentimiento y que el cariño no se convierta en costumbre.

Estuve en varios procesos de reclutamiento y elegí la opción que sentí más encaminada a lo que busco. Sin embargo, siento aún mucha nostalgia por ese lugar en el que creí que estaría por mucho tiempo. Ojalá los trabajos tuvieran esa opción de dar un periodo para sanar tu relación anterior, pero no lo tienen, entonces es un ejercicio desgastante en el que empiezas a conocer este nuevo lugar, tienes que asimilar la información nueva, nuevos procesos, nuevas industrias (al menos en mi caso), ves que expectativas se cumplen y cuáles no, mientras extrañas el pasado.

Para mí ha sido muy importante el detectar que estoy en duelo, para permitirme conocer bien este nuevo lugar y disminuir esas comparaciones que a veces tendemos a hacer y que quizás pudieran estar nubladas por ese velo de nostalgia. Y me doy cuenta de que mi duelo empezó algo antes de incluso decir cambiarme de trabajo. Empezó cuando me di cuenta de que ya no podía encontrar lo que buscaba ahí, de saber que lo más sabio es retirarte.

Y está bien. Todo lo que siento está bien y me debo dar permiso de sentirlo todo.

Xoxo, D.

Cuando tu mejor amiga fallece…

Hace un año escribí esta carta a mi mejor amiga de la adolescencia. No fue el día que me enteré de su partida, que aún recuerdo con una claridad impresionante porque esa noche también falleció mi abuela, pero fue un día que la tuve muy presente en una sesión con mi psicoanalista. Estuve todo el día llorando e inicié un proyecto en Instagram para recopilar a toda la gente que fue relevante para mí en algún momento de mi vida.

Hoy hablé en mi sesión mucho sobre ti.

Ya sabía yo lo importante que fuiste en mi vida pero hoy aún descubrí nuevas cosas en las que me ayudaste. Cosas que van más allá de enseñarme a bailar o a maquillarme, o a no ser una teta con quien me gusta. Me diste seguridad, me diste autoestima, me diste el cuestionar a todos. Me diste una amistad de las que se ven por televisión: pijamadas en tu casa, tu mamá recogiéndonos de la escuela, shopping sprints (de cómo $100 porque no teníamos dinero), llamadas a escondidas a los chicos que nos gustaban, ensayos de coreografías, intercambios de CDs… Luego conociste nueva gente más emocionante que yo.

Me dolió mucho perderte, era la segunda vez que la vida me alejaba de una mejor amiga. Me enojó que me convertiste en alguien no suficiente para ti… Y como creaste a un monstruo, el orgullo me rebasó.

Luego enfermaste y retomaste el contacto. Para ese momento yo ya tenía cosas más interesantes qué hacer que ponerme a recordar los momentos de secundaria (según yo). Comencé a postergar esos planes para vernos, para recordar. Yo sabía que estabas enferma, lo podía ver en tus fotos, pero no sabía todo por lo que estabas pasando. Luego supe que falleciste. Desde ese día te recuerdo todas las semanas. Te sueño, te pienso, te escribo. Me duele infinitamente que el orgullo no me dejara decirte en persona lo importante que fuiste para mi.

Fuiste mi compañera en el momento en que más sola estuve, en que más miedo tuve, cuando mi mamá enfermó de cáncer. Tú me escuchaste, tú me acompañaste, tú mejoraste esos días de tristeza. Siento mucho no haber podido hacer lo mismo por ti y haberte abandonado en esa soledad y en ese miedo que tuviste por lo que estabas enfrentando. No hay día que no me arrepienta de eso. Fuiste un gran, gran, GRAN pedazo de mi vida, mi querida Naitze.

Cuando escribí esto, cargaba con mucha culpa, no solo con ella, sino con todas las amistades descuidadas. Después de mi ejercicio en Instagram, -una actividad súper linda que me ayudó a reconectar con un par de personas- me permití quitarme esa carga de culpa y de darme cuenta de que las otras partes también fueron responsables de esas rupturas; al final del día son procesos normales. Cada amistad olvidada trae consigo una especie de duelo. Pero también es bello de la nada decirle a alguien, oye, me acordé de ti y de lo mucho que te quise, y seguir cada uno con su vida.

Tú fuiste quien inspiró mi actividad de decirle a la gente que ha pasado por mi vida la huella que dejó en ella. En dos días se cumplen tus dos años de fallecida, qué rápido se fue. Hace dos años vi a tus padres y a tus hermanos, conocí a tu esposo. Tu casa olía igual que cuando pasaba tardes enteras ahí. Y ahí estabas tú, toda tu vida y los recuerdos concentrados en una cajita de madera con tus cenizas. Durante mucho tiempo me sentí culpable por todo lo que no te dije, hoy me siento agradecida, por todo lo que pasó y no pasó. Me he estado dando cuenta de que toda relación tiene dos lados, y a veces cargamos con toda la responsabilidad de mantenerla (familiar, romántica o de amistad) cuando debe ser una responsabilidad compartida. Nunca es tarde para retomar viejas relaciones, pero tampoco es tarde para soltar algunas que ya solo viven en la nostalgia, y esto está bien. Gracias Nai por estar tan presente en mi vida, en mi mente y en mis sueños. No nos debemos nada ya, sé feliz y sé plena en donde quiera que estés, yo trataré de hacerlo donde esté también. Por siempre estarás en mi corazón, Naichu. (Hasta escuché Chayanne para recordarte, espero que te des cuenta del esfuerzo jeje). Un beso al infinito.

Xoxo, D.

La odisea de pasar de la talla 5 a la 13

Que si el cambio de hábitos, que si las hormonas… El punto es que en 20 años he recorrido todo el espectro de tallas comerciales de ropa. Pasé del “estás muy flaca” al “estás muy gorda” sin haber pasado por el “estás muy bien”.

Quienes me conocen de un par de años para acá no saben que hasta los 22-23 fui talla 5. Pesaba 48 kilos para mis 1.66 pero yo jamás me percibí a mi misma como alguien muy delgada.

Recuerdo que me repetían hasta el cansancio que “debía” de subir de peso. Los comentarios más comunes que escuchaba eran que mis bracitos ñangos, que tenía cuerpo de niña, que estaba toda huesuda. Tuve un novio en esa época que me decía que con la ropa holgada me veía gorda y que me vistiera con ropa ceñida para que vieran todos que sí era flaca. Toda prenda que yo compraba debía ser aprobada por él.

Salí de universidad y mi estilo de vida cambió drásticamente. Empecé a pasar más tiempo sentada en el transporte, en el trabajo y a llegar a casa solo a dormir. Empecé a conocer un estrés muy distinto al que había conocido de estudiante. Usaba anticonceptivos químicos. Recuerdo muchísimo un día que subí a la báscula y pesé 56 kg. No fui consciente de que mi cuerpo estaba cambiando porque como les decía, nunca me sentí alguien delgado. Además como me fastidiaban tanto con que estaba muy baja de peso, así quizás me dejarían de molestar.

Un día me encontré a un amigo de preparatoria que al verme lo primero que me dijo fue “Tú no estabas así”. ¿Qué era “así”? Dejé que él y toda la gente que me conocía de antes llevará la conversación de la comparación de mi cuerpo. Ese era el tema central, no qué había estudiado, no dónde trabajaba, no. Todo quedaba subordinado a mi peso.

Así desde la talla 7 y 9 yo ya era gorda. A los 25 me mudé de casa de mis padres. Empecé a encontrar un disfrute en la comida que jamás había tenido. Comer en la calle y en restaurantes empezó a ser un gusto que me traía un enorme placer. A los 27 me diagnosticaron con depresión crónica y le metí freno de mano a mi vida. Dejé de trabajar y pasé 5 meses dormida, literal. No salía de cama. Pararme era todo un reto, ni se diga bañarme y salir. Entre los antidepresivos y la terapia psicológica que comencé a tomar (y que aún llevo) fuí regresando a la vida poco a poco, pero un año de inactividad laboral obviamente devastó mi economía. Dentro de los recortes estuvo el dejar de comprarme ropa. Un día mi mamá me llevó a comprar pantalones y mi talla usual no me quedaba. Tuve que comprar talla 11. Eso para nada ayudó a mi proceso anímico. El tema central de las conversaciones fue sobre mis cachetes y mi panza sin saber que lo principal para mí era batallar diariamente con mis ideas suicidas (sí, así).

A los 29 entré a la maestría y comencé un proceso de 1 año para bajar de peso. Bajé alrededor de 12 kilos y regresé a la talla M. Empecé a trabajar como YouTuber para una marca de videojuegos y los primeros comentarios que la gente ponía fueron sobre mi aspecto: gorda, fea, machorra. Fue un proceso bien difícil ver cómo cientos de comentarios de gente que no me conocía y que no sabía nada de mi emitían un juicio sobre mi cuerpo. A los 32 ya había recuperado el peso que perdí y eso me dió tanto coraje. Era ese fracaso el centro de mi atención. No los logros que había tenido, no la mención honorífica en mi maestría, o las becas a otros países, no todo lo que estaba logrando a pesar de la depresión, no. Me pesaba más un número.

Un año en confinamiento me ha llevado al último espectro de las tallas convencionales, la 13. Una talla que ha sido muy complicada de encontrar y que sea verdaderamente una talla XG. He estado haciendo un esfuerzo constante para no dejar que eso sea lo que me define y cambiar la historia hacía todas las cosas maravillosas que he logrado. Antes tenía la costumbre no comprar tantas cosas de mi nueva talla para “no estar demasiado cómoda en ese nuevo número”. Qué cosa tan más agresiva. Tener a tu cuerpo ajustado a ropa incómoda, como si fuera un castigo por crecer, por ser dinámico, como la vida misma. Veinte años me ha tomado hacer la reflexión de que he estado centrada en la conversación incorrecta. No voy a mentir diciendo que me encanta la nueva forma de mi cuerpo, pero esta vez sí me estoy permitiendo conocerlo. Sería este proceso más sencillo si las marcas hicieran esas prendas trendies y glamorosas en todos los tamaños y así permitirnos explorar nuestro cuerpo para amarlo con lo que nos gusta y no con lo que nos queda, culpándolo por no dejarnos lucir ropa bonita.

Xoxo, D.

Tuve Covid-19 ¿Y luego qué?

Te cuidas, te contagias, aprendes que no puedes controlarlo todo ¿Y luego, qué?

Quiénes son cercanos a mi saben que desde que comenzó esto, he sido extremadamente cautelosa, tanto en guardar aislamiento como en la sanitización de mi casa y lo que entra a ella, rayando en lo obsesivo, he de confesar.

A principios de febrero me contagié. Pese a todos los cuidados hubo algo que estuvo fuera de mi control, y como me dijo una amiga “esto es una pandemia, tú haces lo más que puedes de tu parte, pero no puedes controlarlo todo.”

Ante esta situación ¿Qué pude controlar entonces? El tener atención médica desde el principio, el cuidar mi alimentación, el vigilar mi consumo digital, el prestar atención a cada cambio y síntoma de mi cuerpo y a darle la importancia que merecía al reposo para recuperarme. Digo, ahora ya lo puedo ver así, en ese momento no.

Algo que googlee mucho fue cómo regresar al trabajo después de la incapacidad. No encontré nada. Yo buscaba tips, experiencias personales, un algo, y como no lo hallé, decidí escribirlo, mes y medio después de mi contagio.

Lo más importante para mí, y complicado, fue el tenerme paciencia. Al menos en mi caso, después de recuperarme, mi cuerpo no está en las mismas condiciones que antes de enfermar: soy más lenta, menos ágil mentalmente y me canso más rápido. Una de mis secuelas es que olvido palabras o pierdo el hilo en conversaciones (ya cada vez menos, pero aún) y eso me frustraba mucho. Me ayudó el ser transparente con mis compañeros de trabajo y decirles tal cual “se me olvidan las palabras, ustedes ayúdenme”. No hay por qué fingir que todo es igual. Llegué a cancelar juntas porque me sentía agotada mentalmente y me cansaba de hablar mucho.

Algo que aprendí, es que como muchos ya pasaron por esto, empatizan contigo cuando dices “me pasa esto”, y ellos mismos te apoyan y te dan consejos de su experiencia. Es muy importante dejarse ayudar, sobretodo quiénes tenemos tendencia a querer hacerlo todo.

No te exijas de más. Tu cuerpo te va a ir diciendo hasta dónde. No regresé de tiempo completo, la primer semana estuve como medio tiempo porque quedaba exhausta. Descansar mucho también ha sido vital para mí: dormir más temprano, tener siestas, lo necesario para reponer energía.

Me deshidrato con más facilidad, me apoyo de sueros de vez en vez. Elige lo que es verdaderamente más importante. ¿Para mí? Era ver a mis papás a quienes no veía desde noviembre, así que en cuanto fue seguro, con todo el cuidado fui a verlos y a disfrutarlos inmensamente.

He procurado estar saliendo a caminar, y aunque no puedo ir tan rápido como antes porque me agito con mucha facilidad, cada día puedo un poco más. El primer día caminé solo como mil pasos, con descansos intermedios; mes y medio después, ya puedo caminar como 3 km de forma continua.

Tú eres lo más importante, busca sentirte y estar bien, lo que eso signifique para ti. Date permiso de sanar física y mentalmente.

Xoxo, D.

A un año de nuestra despedida…

Fuiste mi inseparable compañero desde la adolescencia. En las buenas, en las malas y en las miserables. Podía contar contigo para darme ánimos, para quitarme el miedo o la ansiedad, y para coronar alegrías.

A veces me llegan ataques de nostalgia y te pienso. Luego caigo en veinte de que no te extraño a ti en concreto, sino una época o mi versión más juvenil.

A veces me acompañabas también en mis días deportistas. Nos veíamos después de una cascarita o de un partido de basquet. En los últimos años, a veces saliendo del gimnasio. Estuviste en cada desayuno, cada comida y cada cena.

El cigarro trae un simbolismo muy fuerte para mi: rebeldía, poder, masculinidad, hedonismo. Como todo fumador, me sabía hasta el cansancio los riesgos a la salud, el costo económico y demás clichés a los que recurrían los que me querían convencer de que no fumara. Ni todos los argumentos, ni todas las imágenes en las cajetillas podían convencerme de lo contrario.

Dejar de fumar es igual de íntimo que empezar a hacerlo. Es una decisión que no nace de la lógica, nace de algo más subjetivo, de algo imaginario.

Yo fui una fumadora que verdaderamente disfrutaba de fumar; me dio grandes recuerdos y grandes historias, como el día que me abordó un vagabundo para pedirme un cigarro sobre Av. Ejército Nacional. Yo muy entaconada y arreglada, venía saliendo de una entrevista de trabajo para una ONG. Eran como las 7 pm y me disponía a fumar un cigarro antes de tomar el taxi que me llevaría a casa. Se me acercó “Alfonsito”, con quien compartí una plática de media hora mientras me contaba de la vida en la calle, me daba tips para mejorar el sabor del tabaco y me preguntaba sobre mi vida. Me sugería que trabajara para comprarme una casa en Miami. La gente se me acercaba para preguntarme si estaba todo bien o si necesitaba ayuda, les causaba extrañeza verme riendo y conversando con un hombre con los pantalones rotos, cara llena de hollín y sonrisa chimuela. Se despidió de mi para proseguir su camino errante dándome las gracias por una plática tan amena y me dijo que se llamaba Alfonsito.

A un año de dejar de fumar lo recuerdo con algo semejante al cariño, pero me siento feliz de que no sigamos juntos. No decidí dejarlo por salud ni por economía. Decidí dejarlo porque simplemente ya no íbamos bien juntos. Así, separados, estamos mejor.

Xoxo, D.

Dime qué escuchas y te diré quién eres

Era el año de 1989. Cada vez que sonaba The Ramones, agitaba mi pequeño puño en el aire y pedía que pusieran otra vez “Rock’nRoll High School”. Ese es mi primer recuerdo musical y sería un factor para definir mi personalidad el resto de mi vida.

La música es probablemente uno de los filtros sociales que guiarán nuestra afinidad hacia el clan al que pertenecemos. Es colador, es adhesivo, es metáfora, es pretexto.

El rompehielos universal para iniciar alguna conversación, amistad o amor: “y tú ¿qué música escuchas?”. La sonrisa cómplice como ademán aprobatorio por la similitud de gustos, o el incrédulo ¡ah, órale! por ser políticamente correctos y no externar nuestro desagrado (y prejuicios).

La música quizás sea la mejor compañera que tendremos en nuestra vida. Es más, para muchos de nosotros siempre estará presente, no matter what. “Dime qué escuchas y te diré quién eres”… y así etiquetamos a la gente por su estación de radio predilecta -procuro limitar relaciones con quienes gustaban de Toño Esquinca- o por su conteo anual de Spotify.

Nuestro consumo auditivo, sin darnos cuenta, se convierte en una radiografía de quiénes somos, de nuestra identidad. Lo que subyace en esas preferencias no son los géneros musicales en sí; son las emociones y los rasgos psicológicos; las memorias, los contextos, las creencias, incluso, los temores e inquietudes.

Disfrute estético, control de emociones, mitigación de soledad, aumento de productividad y mejoramiento cognitivo, son algunas de las razones por las cuales escuchamos música.

Yo simplemente me dejo llevar a otra dimensión, en la que solo existimos ella y yo. Me dejo penetrar por los ritmos y le permito derramar en mi su esencia. Así de íntimo es el acto de la apreciación musical. Les presto mi playlist para levantar mi ánimo en días grises.

Xoxo, D.