Todas las entradas por Diana Sepúlveda

Investigadora / Melómana / Cinéfila / Gamer / Amante de la buena comida

¿Cómo le di la vuelta al insomnio?

Dormir es de esos placeres sencillos de la vida y dormir a voluntad se ha convertido en un súper poder del que muy pocos pueden hacer alarde.

Yo solía ser de esa élite que en cuanto cerraba los ojos, caía en un profundo sueño; en los últimos dos años se desvaneció ese don. Parte estrés laboral, parte pandemia y parte pésimos hábitos al dormir, el tratar de conciliar el sueño se volvió de esas cosas realmente frustrantes.

Busqué por todo Google y encontraba los mismos tips que en realidad no me funcionaban de forma constante: meditar, lavanda y pasiflora, lechuga en la almohada, tratar de dormir siempre a la misma hora, un baño tibio, melatonina, leche caliente, contar borreguitos, pararte de la cama y estar activo… ¡Y uff!

Y sí, algunos me funcionaron un par de veces, pero después, nada. Así es que te comparto la serie de cosas (sí, son varias) que me han ayudado a mejorar mucho mis ciclos de sueño.

  • Cambia tu almohada

¿Cuándo fue la última vez que cambiaste -o incluso, lavaste- tu almohada? He aprendido que el espesor del cojín debe ser acorde a cómo duermes. No es lo mismo dormir boca abajo, en dónde algo bastante ligero ayuda, a dormir de costado, en dónde el espacio entre el colchón y tu cabeza requiere de más espacio y mayor soporte. Con las almohadas es como con el psicólogo, no te vas ajustar a una a la primera (y si sí, suertud@) pero vale la pena probar dos o tres. Yo compré unas de Lunna que te permite sacar el relleno para ajustarse.

  • Busca la temperatura adecuada

Puede ser que tu habitación es muy fría o muy caliente; muy seca o muy húmeda. Identifica qué es eso que le hace falta a tu entorno. En mi caso, fue el calor así que compré un ventilador de torre con modo nocturno. También un juego de sábanas ligeras de fibras de bamboo. Hay temporadas en que es muy seco y compré un humidificador pequeño que pongo en mi buró.

  • ¿Qué tal está tu colchón?

Igual que con las almohadas, no solemos prestar atención al colchón. Hacer rotación de este al menos una vez al año, permite que el desgaste se haga más uniforme y se mantenga la firmeza. Si ya tienes más de 7-8 años con él, quizás valga la pena comprar otro. Invierte, vale la pena. Yo soy fan de los colchones duros a base de espuma y memory foam. A veces con tan solo dormir al revés (los pies donde va la cabeza) ayuda a que te soporte distinto.

  • La sorpresa más sorprendente: un antifaz

Siempre qué veía en series y películas el uso del antifaz para dormir sentía que era un accesorio absurdo y más para reflejar lo snob de alguien. Resulta que me regalaron un antifaz de satín cuando compré la pijama y dije, a ver. Wow. ¿Qué clase de brujería es esa? Después investigué qué había detrás de eso, y es que el uso del antifaz te permite la oscuridad óptima para producir tu propia melatonina y no necesitar consumirla en pastillas. Si eres de los que despierta mucho, promueve que se acorten esos espacios de estar despierto. Yo ya no puedo vivir sin el antifaz. Eso sí, recuerda lavarlo semanalmente para quitar el sudor y suciedad acumulados. No es necesario que uses uno fancy, busca materiales ligeros y cómodos, que no te aprieten ni queden muy flojos.

Todo esto en conjunto me ha caído fenomenal. Claro, el no ver tv antes de dormir o estar con el celular, también ayuda, pero siendo muy franca, me hice a la costumbre de quedarme dormida viendo alguna serie. No medito per se, pero a veces escucho audios de guía de respiración profunda o le pido a mi esposo que me lea (sí, como el cuento antes de dormir cuando éramos niños). No sé por qué de adultos ya no lo hacemos, es increíble.

Ojalá estos tips te ayuden a tener dulces, y reparadores, sueños.

Xoxo, D.

Estoy en duelo por mi empleo

El duelo en sí es ese periodo que vivimos tras una pérdida. Usualmente relacionamos el duelo tras un fallecimiento, pero ¿Podemos sentir otro tipos de duelos?

Llevo más de un mes sintiéndome triste, confundida e incómoda. Mi primer línea de pensamiento es que era producto del hartazgo del confinamiento. Luego comencé a pensar que quizás era el inicio de una de esas profundas depresiones que me dan cada ciertos años y que no me permiten ni hacer ni disfrutar nada.

La semana pasada, tras muchos ejercicios de análisis e introspección, pude nombrar a eso que me estaba pasando: un duelo.

Hace un mes cambié de empleo, y aunque es una gran empresa y una gran oportunidad, resentí mucho mi salida del lugar pasado. Verán, mi ex trabajo tiene una cultura organizacional fabulosa, que era extremadamente compatible con mis visión y mis valores. Además trabaja con un producto que disfrutaba enormemente. Y ustedes dirán ¿Entonces por qué te cambiaste? Pues los cambios a corto plazo que estaban sucediendo en mi área ya no era compatibles con mi visión. Y no que la mía fuera la correcta y la otra no, para nada, simplemente ya estábamos en caminos distintos. Hice lo posible para ver si podía acomodarme en otra parte, pero eventualmente me cayó el veinte de que ya no había forma de seguir juntos.

Hago mucho la analogía de una relación de pareja, en la que se quieren mucho pero uno quiere una cosa y el otro algo completamente distinto. Y así, la relación simplemente debe terminar para que no se lastimen, no haya resentimiento y que el cariño no se convierta en costumbre.

Estuve en varios procesos de reclutamiento y elegí la opción que sentí más encaminada a lo que busco. Sin embargo, siento aún mucha nostalgia por ese lugar en el que creí que estaría por mucho tiempo. Ojalá los trabajos tuvieran esa opción de dar un periodo para sanar tu relación anterior, pero no lo tienen, entonces es un ejercicio desgastante en el que empiezas a conocer este nuevo lugar, tienes que asimilar la información nueva, nuevos procesos, nuevas industrias (al menos en mi caso), ves que expectativas se cumplen y cuáles no, mientras extrañas el pasado.

Para mí ha sido muy importante el detectar que estoy en duelo, para permitirme conocer bien este nuevo lugar y disminuir esas comparaciones que a veces tendemos a hacer y que quizás pudieran estar nubladas por ese velo de nostalgia. Y me doy cuenta de que mi duelo empezó algo antes de incluso decir cambiarme de trabajo. Empezó cuando me di cuenta de que ya no podía encontrar lo que buscaba ahí, de saber que lo más sabio es retirarte.

Y está bien. Todo lo que siento está bien y me debo dar permiso de sentirlo todo.

Xoxo, D.

Cuando tu mejor amiga fallece…

Hace un año escribí esta carta a mi mejor amiga de la adolescencia. No fue el día que me enteré de su partida, que aún recuerdo con una claridad impresionante porque esa noche también falleció mi abuela, pero fue un día que la tuve muy presente en una sesión con mi psicoanalista. Estuve todo el día llorando e inicié un proyecto en Instagram para recopilar a toda la gente que fue relevante para mí en algún momento de mi vida.

Hoy hablé en mi sesión mucho sobre ti.

Ya sabía yo lo importante que fuiste en mi vida pero hoy aún descubrí nuevas cosas en las que me ayudaste. Cosas que van más allá de enseñarme a bailar o a maquillarme, o a no ser una teta con quien me gusta. Me diste seguridad, me diste autoestima, me diste el cuestionar a todos. Me diste una amistad de las que se ven por televisión: pijamadas en tu casa, tu mamá recogiéndonos de la escuela, shopping sprints (de cómo $100 porque no teníamos dinero), llamadas a escondidas a los chicos que nos gustaban, ensayos de coreografías, intercambios de CDs… Luego conociste nueva gente más emocionante que yo.

Me dolió mucho perderte, era la segunda vez que la vida me alejaba de una mejor amiga. Me enojó que me convertiste en alguien no suficiente para ti… Y como creaste a un monstruo, el orgullo me rebasó.

Luego enfermaste y retomaste el contacto. Para ese momento yo ya tenía cosas más interesantes qué hacer que ponerme a recordar los momentos de secundaria (según yo). Comencé a postergar esos planes para vernos, para recordar. Yo sabía que estabas enferma, lo podía ver en tus fotos, pero no sabía todo por lo que estabas pasando. Luego supe que falleciste. Desde ese día te recuerdo todas las semanas. Te sueño, te pienso, te escribo. Me duele infinitamente que el orgullo no me dejara decirte en persona lo importante que fuiste para mi.

Fuiste mi compañera en el momento en que más sola estuve, en que más miedo tuve, cuando mi mamá enfermó de cáncer. Tú me escuchaste, tú me acompañaste, tú mejoraste esos días de tristeza. Siento mucho no haber podido hacer lo mismo por ti y haberte abandonado en esa soledad y en ese miedo que tuviste por lo que estabas enfrentando. No hay día que no me arrepienta de eso. Fuiste un gran, gran, GRAN pedazo de mi vida, mi querida Naitze.

Cuando escribí esto, cargaba con mucha culpa, no solo con ella, sino con todas las amistades descuidadas. Después de mi ejercicio en Instagram, -una actividad súper linda que me ayudó a reconectar con un par de personas- me permití quitarme esa carga de culpa y de darme cuenta de que las otras partes también fueron responsables de esas rupturas; al final del día son procesos normales. Cada amistad olvidada trae consigo una especie de duelo. Pero también es bello de la nada decirle a alguien, oye, me acordé de ti y de lo mucho que te quise, y seguir cada uno con su vida.

Tú fuiste quien inspiró mi actividad de decirle a la gente que ha pasado por mi vida la huella que dejó en ella. En dos días se cumplen tus dos años de fallecida, qué rápido se fue. Hace dos años vi a tus padres y a tus hermanos, conocí a tu esposo. Tu casa olía igual que cuando pasaba tardes enteras ahí. Y ahí estabas tú, toda tu vida y los recuerdos concentrados en una cajita de madera con tus cenizas. Durante mucho tiempo me sentí culpable por todo lo que no te dije, hoy me siento agradecida, por todo lo que pasó y no pasó. Me he estado dando cuenta de que toda relación tiene dos lados, y a veces cargamos con toda la responsabilidad de mantenerla (familiar, romántica o de amistad) cuando debe ser una responsabilidad compartida. Nunca es tarde para retomar viejas relaciones, pero tampoco es tarde para soltar algunas que ya solo viven en la nostalgia, y esto está bien. Gracias Nai por estar tan presente en mi vida, en mi mente y en mis sueños. No nos debemos nada ya, sé feliz y sé plena en donde quiera que estés, yo trataré de hacerlo donde esté también. Por siempre estarás en mi corazón, Naichu. (Hasta escuché Chayanne para recordarte, espero que te des cuenta del esfuerzo jeje). Un beso al infinito.

Xoxo, D.

Capitalismo artístico: del ‘posmo’ al ‘fomo’

Cuando estudiaba la maestría, conocí a Gilles Lipovetsky, un personaje obligado para los medios digitales como Focault para la Comunicación. Él es uno de los filósofos de la actualidad que ha dedicado su vida a estudiar la posmodernidad, lo ‘posmo’ pa’ los cuates, y la hipermodernidad.

Con él comencé a analizar con más detenimiento el consumo como una obra artística, en el que el proceso de compra se conviertía en un teatro: montajes de luces y escaparates, coreografías de clientes y vendedores, generación de ilusiones y sensaciones; el centro comercial es un escenario inmerso en nuestra vida cotidiana, y el ecommerce, tampoco está excento de esto.

En la época en la que nos encontramos, la estética y el diseño son parte fundamental de toda actividad humana. La competencia originada por el hiperconsumo se ha enfocado fuertemente a lo sensorial; el diseño como profesión se ha diversificado más allá de lo gráfico y de lo tangible: diseño de emociones, diseño sensorial, experiencia de usuario, diseño web… La estética moviliza y apela a los placeres y a las emociones.

Una pregunta clásica en la escuela de diseño es si el diseño es arte; hoy en día la búsqueda de la esencia del objeto, su origen funcionalista, se subordina a una utilidad poética y hasta narrativa. Hoy queremos que todo nos cuente una historia, que tenga una personalidad y un alma, desde un collar hasta ir al banco.

La tendencia de fotografiar o tomar una selfie, en momentos de caos, como algún desastre natural o una desgracia, trae también en sí está necesidad narrativa. Dice Lipovetsky “Hay una belleza en el desastre, estetizamos los cataclismos”. Y sí. Creo que de cierta forma, la narrativa también habla de esa necesidad de formar parte, de que no tengamos ese FOMO. (Fear of missing out, algo bien interesante que se ha intensificado con las redes sociales).

Y ese FOMO también se percibe en la producción del arte. Aquí no quiero entrar en debate con que si los filtros de Instagram son o no herramientas artísticas, lo cierto es que la gente que usualmente no participaba en actividades artísticas, hoy en día lo está haciendo: tomando fotografías, haciendo videos, aprendiendo a modelar en 3D, investigando sobre arte NFT.

Ahora más que nunca debemos cambiar la mirada sobre la educación artística para adquirir esa sensibilidad y aprender a disfrutar. Esa conversación de lo que es alta cultura o baja cultura está muy choteado. Tú disfruta tus memes y de crearlos.

Recuerdo en mis clases en la universidad cuando me explicaban que la esencia del diseño no era crear un objeto bello, si no, funcional. Con el pasar de los años yo misma me repetía esta frase a la hora de crear algo para evitar elementos no necesarios. Que el pasillo de una tienda tenga una agradable fragancia no altera su función, sin embargo ese elemento no necesario se agradece y se valora en la experiencia que genera.

Xoxo, D.

Recetas para el adulting: garbanzos crujientes

Amamos las botanas y esa placentera sensación de hacer crujir con nuestros dientes. Parte indulgencia, parte ocio, las botanas incluso pueden ser colación entre comidas.

Yo soy fanática de cualquier tipo de botanas, pero si me dicen que ya hay alguna rica, crujiente, saludable y que además se prepara fácil, tienen toda mi atención.

Ese es el caso de los garbanzos crujientes, que son una verdadero descubrimiento para mí.

2 porciones    COSTO total: $20    TIEMPO: 2 canciones

  • 200 gr de garbanzos (si son naturales, deben estar previamente suavizados en agua, sino, pueden comprar de lata y los escurren y secan muy bien)
  • Aceite de olivo
  • Paprika o pimentón dulce
  • Comino
  • Sal (de grano o refinada, la que sea)

En una charola coloca los garbanzos con un chorrito de aceite, la sal, la paprika y el comino. Revuelve todo hasta que queden los garbanzos cubiertos con la mezcla. Esparce los garbanzos a lo largo de toda la charola.

Prende el horno a 200 C° y mete la charola. Déjalo por 40 min. y retira. Si notas que aún no están crujientes, deja otros 5 min. vigilando que no vayan a quemarse.

Y ¡listo! Puedes ponerles salsa Valentina o Botanero, chamoy o comerlos solos. Son una delicia.

Te dejo el playlist (las 2 canciones) que escuché mientras preparaba. En realidad todo el tiempo es el del horno y te puedes poner a hacer otras cosas.

Xoxo, D.

  • Affirmation – Savage Garden 4:55
  • All you need is love – Luciano Pavarotti 4:15

La odisea de pasar de la talla 5 a la 13

Que si el cambio de hábitos, que si las hormonas… El punto es que en 20 años he recorrido todo el espectro de tallas comerciales de ropa. Pasé del “estás muy flaca” al “estás muy gorda” sin haber pasado por el “estás muy bien”.

Quienes me conocen de un par de años para acá no saben que hasta los 22-23 fui talla 5. Pesaba 48 kilos para mis 1.66 pero yo jamás me percibí a mi misma como alguien muy delgada.

Recuerdo que me repetían hasta el cansancio que “debía” de subir de peso. Los comentarios más comunes que escuchaba eran que mis bracitos ñangos, que tenía cuerpo de niña, que estaba toda huesuda. Tuve un novio en esa época que me decía que con la ropa holgada me veía gorda y que me vistiera con ropa ceñida para que vieran todos que sí era flaca. Toda prenda que yo compraba debía ser aprobada por él.

Salí de universidad y mi estilo de vida cambió drásticamente. Empecé a pasar más tiempo sentada en el transporte, en el trabajo y a llegar a casa solo a dormir. Empecé a conocer un estrés muy distinto al que había conocido de estudiante. Usaba anticonceptivos químicos. Recuerdo muchísimo un día que subí a la báscula y pesé 56 kg. No fui consciente de que mi cuerpo estaba cambiando porque como les decía, nunca me sentí alguien delgado. Además como me fastidiaban tanto con que estaba muy baja de peso, así quizás me dejarían de molestar.

Un día me encontré a un amigo de preparatoria que al verme lo primero que me dijo fue “Tú no estabas así”. ¿Qué era “así”? Dejé que él y toda la gente que me conocía de antes llevará la conversación de la comparación de mi cuerpo. Ese era el tema central, no qué había estudiado, no dónde trabajaba, no. Todo quedaba subordinado a mi peso.

Así desde la talla 7 y 9 yo ya era gorda. A los 25 me mudé de casa de mis padres. Empecé a encontrar un disfrute en la comida que jamás había tenido. Comer en la calle y en restaurantes empezó a ser un gusto que me traía un enorme placer. A los 27 me diagnosticaron con depresión crónica y le metí freno de mano a mi vida. Dejé de trabajar y pasé 5 meses dormida, literal. No salía de cama. Pararme era todo un reto, ni se diga bañarme y salir. Entre los antidepresivos y la terapia psicológica que comencé a tomar (y que aún llevo) fuí regresando a la vida poco a poco, pero un año de inactividad laboral obviamente devastó mi economía. Dentro de los recortes estuvo el dejar de comprarme ropa. Un día mi mamá me llevó a comprar pantalones y mi talla usual no me quedaba. Tuve que comprar talla 11. Eso para nada ayudó a mi proceso anímico. El tema central de las conversaciones fue sobre mis cachetes y mi panza sin saber que lo principal para mí era batallar diariamente con mis ideas suicidas (sí, así).

A los 29 entré a la maestría y comencé un proceso de 1 año para bajar de peso. Bajé alrededor de 12 kilos y regresé a la talla M. Empecé a trabajar como YouTuber para una marca de videojuegos y los primeros comentarios que la gente ponía fueron sobre mi aspecto: gorda, fea, machorra. Fue un proceso bien difícil ver cómo cientos de comentarios de gente que no me conocía y que no sabía nada de mi emitían un juicio sobre mi cuerpo. A los 32 ya había recuperado el peso que perdí y eso me dió tanto coraje. Era ese fracaso el centro de mi atención. No los logros que había tenido, no la mención honorífica en mi maestría, o las becas a otros países, no todo lo que estaba logrando a pesar de la depresión, no. Me pesaba más un número.

Un año en confinamiento me ha llevado al último espectro de las tallas convencionales, la 13. Una talla que ha sido muy complicada de encontrar y que sea verdaderamente una talla XG. He estado haciendo un esfuerzo constante para no dejar que eso sea lo que me define y cambiar la historia hacía todas las cosas maravillosas que he logrado. Antes tenía la costumbre no comprar tantas cosas de mi nueva talla para “no estar demasiado cómoda en ese nuevo número”. Qué cosa tan más agresiva. Tener a tu cuerpo ajustado a ropa incómoda, como si fuera un castigo por crecer, por ser dinámico, como la vida misma. Veinte años me ha tomado hacer la reflexión de que he estado centrada en la conversación incorrecta. No voy a mentir diciendo que me encanta la nueva forma de mi cuerpo, pero esta vez sí me estoy permitiendo conocerlo. Sería este proceso más sencillo si las marcas hicieran esas prendas trendies y glamorosas en todos los tamaños y así permitirnos explorar nuestro cuerpo para amarlo con lo que nos gusta y no con lo que nos queda, culpándolo por no dejarnos lucir ropa bonita.

Xoxo, D.

Netflix and not chill: la insatisfacción del binge watching

Para mí elegir qué ver se ha vuelto una actividad muy desgastante, tanto, que de plano ya prefiero no ver tv y ahorrarme la frustración.

¿No les pasa que tienen la sensación de querer que todo lo que vean sea el nuevo Breaking Bad? A mí sí, y cuando terminaba viendo algo solo por ver, me quedaba una insatisfacción inmensa. De entrada seleccionar el servicio de streaming: Netflix, Prime, Disney Plus (los que yo tengo).

Muchas veces termino tirando la toalla después de prácticamente 30 o 40 minutos invertidos en elegir programa; si tengo tiempo para ver una película, ya solo me queda el suficiente para ver un capítulo de alguna serie.

Al darme cuenta de que en Netflix hay una categoría de binge watching (maratones interminables), sentí entre tristeza y pena. Quizás no todo lo que hagamos tenga que tener “el” propósito, pero quemar tiempo por quemar me parece una salvajada.

Algo necesario para mí fue el poner reglas al elegir algo:

  • Cuando voy a un restaurante y leo un platillo que se me antoja en el menú, lo dejo de seguir leyendo. Igual al seleccionar un programa.
  • Si en 5-10 min máximo no he encontrado nada, apago la tv y hago otra cosa.
  • Si tengo muchas ganas de ver algo y no sé qué, busco el nombre de alguna actriz o actor y veo lo que salga, así random.
  • Veo 5 minutos de “ese random” y si no me gusta, lo quito (heredado de esa necesidad de acabar de leer un libro que no estoy disfrutando solo por acabarlo).
  • Tener un programa de backup que simplemente me ponga de buen humor aunque lo haya visto muchas veces. Para mí: Seinfeld, Friends, The Office, Mad Men.

Ni tenemos que chutarnos todas las series de moda, ni todo lo que vemos tiene que ser un descubrimiento. Disfrutemos también de ver cosas que hemos visto hasta el cansancio (yo, Beetlejuice y Mean Girls).

Xoxo, D.

La odisea de la masturbación femenina

Hablemos del elefante blanco que es la masturbación femenina.

Cuando era niña mis padres me explicaron sobre sexualidad de una forma clara y completa. Cuando jugaba Barbies mis amigas se sacaban de onda de que yo les abriera las piernas a las muñecas para que dieran a luz “por parto natural” y me acusaban con sus mamás. Empezó a ser notorio cómo cada quien traía un contexto distinto. Yo, hija de científicos, sabía de pe a pa el ciclo reproductivo. Pero ¿Y qué pasa con el placer? Ah, esa es otra historia.

Sabía cómo una relación sexual era necesaria para concebir un bebé, pero jamás me dijeron que se podía disfrutar sin fines reproductivos y que había un placer sexual. No solo en casa, tampoco en la escuela. No escuché nunca a nadie hablar sobre placer sexual femenino como hasta los 22 o 23 en una revista de Veintitantos.

En secundaria era común que en clase de biología se hablara de masturbación (masculina) y hasta había prácticas de laboratorio para ver espermatozoides frescos y tibios con el microscopio. ¿Pero qué pasaba? ¿Por qué tanto secreto, tanta invisibilidad?

Yo descubrí la masturbación por accidente. Un rozón accidental que se sintió muy bien. Sensaciones que nunca antes había tenido. Y como me han dicho que todas las cosas que más disfruto, como los dulces son malos, seguro algo que se siente tan bien debía ser malo. Y ahí empezó la culpa, la vergüenza conmigo misma. Cada vez que me tocaba, me regañaba a mi misma por dejarme caer ante la tentación y me castigaba quemándome las puntas de los dedos. Sí, así de radical como lo leen. Así estuve prácticamente uno o dos años de mi vida.

Fue un descubrir muy solitario, porque nos educan a decir “guacala los genitales (femeninos)” y cuando empezaba a investigar con amigas para ver si ellas sentían “algo”, me decían que qué asco. Ya no me acusaban con sus mamás pero igual me sentía como si hubiera algo malo conmigo. Todavía en universidad tenía amigas que jamás se habían masturbado.

Para mí la masturbación es un ritual de autocuidado tan importante como lavarme la cara o cepillar mis dientes. El haber descubierto lo que me era placentero desde chica fue muy relevante para mis relaciones sexuales, en donde yo no me adapté a lo que alguien más me decía lo que debía sentir, sino que yo misma podía decir qué me gustaba, que no me gustaba y cómo.

Es un momento de intimidad contigo misma donde se vale de todo; desde arreglarte de forma especial o ponerte lencería para ti, hasta hacer un entorno con luz y música atractiva. Es un ejercicio, que al igual que el sexo, tiene una gama de opciones infinitas. Incluso el cambiar de cuartos en tu casa para hacerlo, o probar posturas distintas. No hay exploración más bella que la de una misma.

Xoxo, D.

Me dejé crecer el vello del cuerpo

Cuando empezó la cuarentena decidí dejar crecer el vello de mis piernas y de mis axilas. Total, no estaba saliendo, nadie me veía y aprovechaba para dejar mi piel descansar.

Me depilo desde que tenía 13 años. Soy muy velluda y siempre me acomplejó mucho eso, por lo que me quitaba el vello de brazos, piernas, axila, bigote y me dejaba lisa cuál foca.

Hace como 8 años dejé de depilarme los brazos, y aunque al principio fue muy raro para mí, rápido me acostumbré. De repente me gustaban mucho mis brazos (a la fecha me encantan).

Después de tantos años de rasuradas, cera, cremas y demás, los pelitos enterrados y la piel irritada eran comunes en mi día a día, por lo que darle un break a mi cuerpo me pareció una gran idea.

Lo primero que noté fue la suavidad que empecé a tener, sobretodo de las axilas. Me daba mucha pena salir a la calle si tenía que salir a la tienda o a tirar basura, y me cambiaba por prendas de manga larga y pantalones, quesque para evitar la mirada incómoda.

La prueba de fuego para mí fue el traje de baño frente a familia, y aunque al inicio sí los ví con intriga, también se fueron acostumbrando a medida que yo me fui sintiendo más cómoda. No saben lo feliz que estaba con mis vellitos.

Hace poco con la llegada del calor, usé un vestido que me gusta mucho, pero me gusta más con las piernas sin vello. Ah, caray. Al principio sentí que estaba fallando a mi principio de mujer empoderada al querer depilarme, pero no; la decisión radica en hacer las cosas para mi, y al final del día el vello del cuerpo es como el cabello o la barba: tú decides cuándo lo cortas y cómo lo traes. Si en algo te sientes más cómoda depilada, hazlo, si te quieres dejar crecer el vello, hazlo también. No es como que rompas ese statement, al contrario, el statement es haz lo que quieras.

Si alguien te ofende, fuck it, el problema es de esa persona, qué se quede con esa incomodidad. Tú cuerpo, tú decisión.

Xoxo, D.

Tuve Covid-19 ¿Y luego qué?

Te cuidas, te contagias, aprendes que no puedes controlarlo todo ¿Y luego, qué?

Quiénes son cercanos a mi saben que desde que comenzó esto, he sido extremadamente cautelosa, tanto en guardar aislamiento como en la sanitización de mi casa y lo que entra a ella, rayando en lo obsesivo, he de confesar.

A principios de febrero me contagié. Pese a todos los cuidados hubo algo que estuvo fuera de mi control, y como me dijo una amiga “esto es una pandemia, tú haces lo más que puedes de tu parte, pero no puedes controlarlo todo.”

Ante esta situación ¿Qué pude controlar entonces? El tener atención médica desde el principio, el cuidar mi alimentación, el vigilar mi consumo digital, el prestar atención a cada cambio y síntoma de mi cuerpo y a darle la importancia que merecía al reposo para recuperarme. Digo, ahora ya lo puedo ver así, en ese momento no.

Algo que googlee mucho fue cómo regresar al trabajo después de la incapacidad. No encontré nada. Yo buscaba tips, experiencias personales, un algo, y como no lo hallé, decidí escribirlo, mes y medio después de mi contagio.

Lo más importante para mí, y complicado, fue el tenerme paciencia. Al menos en mi caso, después de recuperarme, mi cuerpo no está en las mismas condiciones que antes de enfermar: soy más lenta, menos ágil mentalmente y me canso más rápido. Una de mis secuelas es que olvido palabras o pierdo el hilo en conversaciones (ya cada vez menos, pero aún) y eso me frustraba mucho. Me ayudó el ser transparente con mis compañeros de trabajo y decirles tal cual “se me olvidan las palabras, ustedes ayúdenme”. No hay por qué fingir que todo es igual. Llegué a cancelar juntas porque me sentía agotada mentalmente y me cansaba de hablar mucho.

Algo que aprendí, es que como muchos ya pasaron por esto, empatizan contigo cuando dices “me pasa esto”, y ellos mismos te apoyan y te dan consejos de su experiencia. Es muy importante dejarse ayudar, sobretodo quiénes tenemos tendencia a querer hacerlo todo.

No te exijas de más. Tu cuerpo te va a ir diciendo hasta dónde. No regresé de tiempo completo, la primer semana estuve como medio tiempo porque quedaba exhausta. Descansar mucho también ha sido vital para mí: dormir más temprano, tener siestas, lo necesario para reponer energía.

Me deshidrato con más facilidad, me apoyo de sueros de vez en vez. Elige lo que es verdaderamente más importante. ¿Para mí? Era ver a mis papás a quienes no veía desde noviembre, así que en cuanto fue seguro, con todo el cuidado fui a verlos y a disfrutarlos inmensamente.

He procurado estar saliendo a caminar, y aunque no puedo ir tan rápido como antes porque me agito con mucha facilidad, cada día puedo un poco más. El primer día caminé solo como mil pasos, con descansos intermedios; mes y medio después, ya puedo caminar como 3 km de forma continua.

Tú eres lo más importante, busca sentirte y estar bien, lo que eso signifique para ti. Date permiso de sanar física y mentalmente.

Xoxo, D.