La esposa de mi amigo le prohibió hablarme

Pareciera algo salido de un drama adolescente, pero no. A nuestros treintaytantos aún jugamos a eso (y qué flojera).

La verdad es que ni sé por dónde empezar; tal vez por la sensación de “chale” de saber que no puedo compartir con mi amigo todos esos recuerdos de secundaria o que me puede dar tips laborales.

Sucedió que un día me hice amiga de mi crush de la adolescencia. Nos conocemos desde que tengo 5 o 6 años, y aunque durante gran parte de mi vida fue “el hermano de mi amigo”, luego se convirtió en una persona con la que podía platicar de absolutamente todo y que jamás me juzgó. Por supuesto que al ser mi crush hubieron coqueteos y declaraciones de que nos gustábamos en algún momento de la vida. De que fui su stalker y que le escribía poemas ¡hace años luz, cuando aún éramos unos chamaquitos!

Desde hace algunos años sé que tenía él una relación complicada, sin embargo de vez en cuando podíamos entablar conversaciones pasajeras. Las más relevantes para mí, las de la última vez que mi madre estuvo hospitalizada y que tenía que aventarme las guardias nocturnas. Fue uno de mis bastones. Muchas noches y días platicamos sobre lo que hoy en día es mi carrera (él fue el primero en contarme qué rayos era eso de scrum y de agile).

Podíamos platicar de cómo estaba siendo envejecer; de los miedos que tenemos; de lo que ha sido vivir muchos años en terapia, de nuestras expectativas. Curiosamente, de lo mucho que quería a su esposa (aunque ella ni lo imagine) y yo al mío. Siempre te alegra saber que alguien encontró el amor. Le tengo un profundo cariño por todo lo que significó él para mí de adolescente y me da mucha tristeza saber que está en una situación de elegir entre su esposa o seguirme hablando.

La elección es obvia y no lo pondré en una situación incómoda -más- de lo que probablemente ya tiene. Me da tristeza saber que las inseguridades de una persona la hacen ver los fantasmas de los celos. Me da tristeza por ella, saber que vive vigilando cada acción y cada conversación de su esposo. Me da tristeza por él, saber que está en una relación con falta de confianza y amor propio. Me da tristeza por mi, porque son pocas las personas con las que puedo abrirme y contar mis pesares. Me duelen los amores enfermos y controladores porque yo estuve en uno alguna vez.

¿En qué momento nos hacemos dueños de la gente? ¿Por qué los poseemos como si habláramos de una blusa o un coche? Me duele, porque no es la primera vez que le prohíben mi amistad a alguien, y por que probablemente no será la última.

Qué cansado vivir en una vida de controlar lo incontrolable. Me retiro de esas batallas, recordando con cariño su lugar en mi vida.

Xoxo, D.

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