Las pequeñas victorias

Siempre he sido alguien altamente ansiosa, desde niña. Mi primer pensamiento SIEMPRE que voy a hacer algo nuevo, es todo lo que puede fallar –y varias veces, hasta con cosas conocidas. Ya llevo varios años de entrenamiento para detectar esos pensamientos y no dejar que me paralicen, sin embargo, siempre están presentes, y por lo que veo, seguirán.

En los últimos años he cumplido milestones que no me detuve a analizar, y festejar, hasta hoy que pienso en ellos, digo ¡Wow, lo hice y ni cuenta me di! Creo que poner atención a esas aparentemente «pequeñas» victorias (que de pequeñas no tienen nada) es algo que debo hacer con más frecuencia.

Nunca me había ido de viaje intempestivamente, y el año pasado lo hice. Es algo que había querido desde los 19, pero siempre me ganaba el que los viajes se planean, para no dar cabida al fallo. Un día desperté con unas ganas enormes de ir a Ensenada, y compré los boletos. Fue absolutamente hermoso, y descubrí que cuando no planeas un viaje, la otra opción es que todo salga bien, porque no hay expectativas y vas decidiendo el propio camino. Este año repetí el viaje de imprevisto, e igual, de un día para otro (literal) sucedió.

Otro milestone relacionado con los viajes ha sido conducir en otras ciudades, y en carretera. Llevo muchos años conduciendo, pero esas cosas me ponían en extremo nerviosa. De hecho para mí, manejar sin rumbo o estar cambiando de ruta, era algo que me costaba un esfuerzo impresionante. A medida que he trabajado la necesidad de controlar, me he relajado mucho más en tomar caminos aleatorios, e incluso, perderme por perderme, para ir encontrando camino poco a poco. Descubrí que amo conducir en carretera, que es una sensación muy placentera, y hasta relajante.

Como ansiosa profesional, el mar tenía que estar en mi lista. Le tengo un profundo respeto al mar, probablemente producto de las anécdotas de mi papá en los barcos de investigación. No importa la playa, siempre me mantengo en la orilla, o bueno, me mantenía. Me permití adentrarme y nadar, muy entrecortado ese nado, pero fue algo grande. Y pude disfrutarlo más con otro logro, mi vista.

Me regalé el permiso de superar el terror que me dan los hospitales y los procedimientos quirúrgicos para operarme los ojos. No fui candidata al proceso «sencillo» de Lassik, pero igual fue un procedimiento con láser en el que me rasparon la córnea. Una recuperación larga, eso sí, tardé poco más de un mes en ver bien, y muchas veces pensé que quizás había fallado la cirugía, pero me relajé un chingo y le di el tiempo que necesitaba a mi cuerpo. Despertar y ver bien es increíble. Poder ver debajo del agua es increíble.

Durante muchos años me contuve de hacer cosas por temor, y al menos éstas, resultaron ser algunas que disfruté inmensamente. Es hora de ver qué otras cosas tengo pendientes para ir reparando mi relación con el control y la incertidumbre.

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