La odisea de convertirme en perfeccionista

A veces te detienes a pensar ¿En qué momento comencé a ser perfeccionista y a ser tan crítica conmigo misma? Toda historia tiene un inicio.

Esta será una serie de varias reflexiones en varios posteos. Surgió, porque quería contar sobre mi experiencia con la depresión, y me di cuenta de que mi detonante más grande fue el tener expectativas que no se cumplían. Pero ¿Cómo me hice esa persona tan rígida consigo misma? Hay que hacer un viaje a la historia familiar.

Mis padres, al igual que muchísimas otras personas mexicanas, vienen de familias destruidas. De tener padres con casa chica (es decir, familias fuera del matrimonio), abandono físico y emocional a sus hijos. Desde pequeños, tanto mi mamá como mi papá, tuvieron que aprender a valerse por sí mismos a base de esfuerzo, sudor y chingadazos. Aquí nace ese primer valor que se inculcó fuertemente en mi hogar: el esfuerzo y el trabajo duro, evidentemente acompañados del sufrimiento (aunque ya después aprendí que no necesariamente debe ser así).

Mis padres tienen el privilegio de ser personas extremadamente inteligentes. El aprendizaje y la educación fueron lo que los ayudó a salir adelante, a pesar, incluso, de sus mismas familias. Mi padre, biólogo, mi madre, enfermera. De ahí que el siguiente valor más importante en casa fuera la educación; fue lo que los salvó a ellos. Recuerdo que desde pequeña mis padres me decían: tu única obligación es la escuela. Lo mínimo que se esperaba en casa es que fuera una almuna de alto rendimiento. Yo, tuve el privilegio de heredarles la curiosidad y el gusto por aprender, así que ser una alumna de excelencia no fue ningún problema para mí.

Crecí creyendo que las calificaciones en verdad eran algo muy importante en la vida; que un 10 te garantizaba un éxito y que definía cómo iba a ser tu vida de adulto. No podía mas que sentir pena por mis compañeros de 6 y reprobados. Por supuesto, nunca me di mérito por mis calificaciones, ni por ser abanderada toda la primaria y secundaria, porque era algo que «era mi obligación«. Cuando sacaba un 9.5 se me cuestionaba en casa y en la escuela ¿Por qué no fue un 10?

Cuando salí de secundaria me llevé el premio «al alumno más valioso» por mi desempeño durante toda esa etapa. Ahora que lo pienso, qué rudo para todos un título así. Para mis compañeros, demeritar su persona por una calificación, y a mi, definirme por esa misma razón, como si no tuviera yo más cosas qué ofrecer.

Un perfeccionista es como un alcohólico, toda la vida lo será, solo aprendes a controlarlo y hay días en los que te aflora más. Yo me hice perfeccionista desde la infancia. Un conjunto de refuerzos en casa, pero también en la escuela. Este mensaje de los profesores de «si sacas bajas calificaciones eres una persona mediocre y no podrás cambiar» se me reforzó hasta la universidad, cuando entré a estudiar Mercadotecnia en el Tec de Monterrey. Jamás me había sentido tan basura, académicamente hablando, principalmente por cómo me trató el director de carrera en ese momento.

Hoy sé que uno no llega a ser el mejor por romper a los demás. No tengo nada en contra del ITESM, el problema es el sistema diseñado en el crecimiento a base de sufrimiento y violencia emocional.

Una calificación NO te define como individuo.

Una calificación NO es lo más relevante.

Una calificación NO debería ser razón para que alguien se quite la vida.

Rompamos ese falso paradigma para ser individuos mentalmente más saludables.

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