Archivo de la categoría: Self-care

Las pequeñas victorias

Siempre he sido alguien altamente ansiosa, desde niña. Mi primer pensamiento SIEMPRE que voy a hacer algo nuevo, es todo lo que puede fallar –y varias veces, hasta con cosas conocidas. Ya llevo varios años de entrenamiento para detectar esos pensamientos y no dejar que me paralicen, sin embargo, siempre están presentes, y por lo que veo, seguirán.

En los últimos años he cumplido milestones que no me detuve a analizar, y festejar, hasta hoy que pienso en ellos, digo ¡Wow, lo hice y ni cuenta me di! Creo que poner atención a esas aparentemente «pequeñas» victorias (que de pequeñas no tienen nada) es algo que debo hacer con más frecuencia.

Nunca me había ido de viaje intempestivamente, y el año pasado lo hice. Es algo que había querido desde los 19, pero siempre me ganaba el que los viajes se planean, para no dar cabida al fallo. Un día desperté con unas ganas enormes de ir a Ensenada, y compré los boletos. Fue absolutamente hermoso, y descubrí que cuando no planeas un viaje, la otra opción es que todo salga bien, porque no hay expectativas y vas decidiendo el propio camino. Este año repetí el viaje de imprevisto, e igual, de un día para otro (literal) sucedió.

Otro milestone relacionado con los viajes ha sido conducir en otras ciudades, y en carretera. Llevo muchos años conduciendo, pero esas cosas me ponían en extremo nerviosa. De hecho para mí, manejar sin rumbo o estar cambiando de ruta, era algo que me costaba un esfuerzo impresionante. A medida que he trabajado la necesidad de controlar, me he relajado mucho más en tomar caminos aleatorios, e incluso, perderme por perderme, para ir encontrando camino poco a poco. Descubrí que amo conducir en carretera, que es una sensación muy placentera, y hasta relajante.

Como ansiosa profesional, el mar tenía que estar en mi lista. Le tengo un profundo respeto al mar, probablemente producto de las anécdotas de mi papá en los barcos de investigación. No importa la playa, siempre me mantengo en la orilla, o bueno, me mantenía. Me permití adentrarme y nadar, muy entrecortado ese nado, pero fue algo grande. Y pude disfrutarlo más con otro logro, mi vista.

Me regalé el permiso de superar el terror que me dan los hospitales y los procedimientos quirúrgicos para operarme los ojos. No fui candidata al proceso «sencillo» de Lassik, pero igual fue un procedimiento con láser en el que me rasparon la córnea. Una recuperación larga, eso sí, tardé poco más de un mes en ver bien, y muchas veces pensé que quizás había fallado la cirugía, pero me relajé un chingo y le di el tiempo que necesitaba a mi cuerpo. Despertar y ver bien es increíble. Poder ver debajo del agua es increíble.

Durante muchos años me contuve de hacer cosas por temor, y al menos éstas, resultaron ser algunas que disfruté inmensamente. Es hora de ver qué otras cosas tengo pendientes para ir reparando mi relación con el control y la incertidumbre.

La odisea de convertirme en perfeccionista

A veces te detienes a pensar ¿En qué momento comencé a ser perfeccionista y a ser tan crítica conmigo misma? Toda historia tiene un inicio.

Esta será una serie de varias reflexiones en varios posteos. Surgió, porque quería contar sobre mi experiencia con la depresión, y me di cuenta de que mi detonante más grande fue el tener expectativas que no se cumplían. Pero ¿Cómo me hice esa persona tan rígida consigo misma? Hay que hacer un viaje a la historia familiar.

Mis padres, al igual que muchísimas otras personas mexicanas, vienen de familias destruidas. De tener padres con casa chica (es decir, familias fuera del matrimonio), abandono físico y emocional a sus hijos. Desde pequeños, tanto mi mamá como mi papá, tuvieron que aprender a valerse por sí mismos a base de esfuerzo, sudor y chingadazos. Aquí nace ese primer valor que se inculcó fuertemente en mi hogar: el esfuerzo y el trabajo duro, evidentemente acompañados del sufrimiento (aunque ya después aprendí que no necesariamente debe ser así).

Mis padres tienen el privilegio de ser personas extremadamente inteligentes. El aprendizaje y la educación fueron lo que los ayudó a salir adelante, a pesar, incluso, de sus mismas familias. Mi padre, biólogo, mi madre, enfermera. De ahí que el siguiente valor más importante en casa fuera la educación; fue lo que los salvó a ellos. Recuerdo que desde pequeña mis padres me decían: tu única obligación es la escuela. Lo mínimo que se esperaba en casa es que fuera una almuna de alto rendimiento. Yo, tuve el privilegio de heredarles la curiosidad y el gusto por aprender, así que ser una alumna de excelencia no fue ningún problema para mí.

Crecí creyendo que las calificaciones en verdad eran algo muy importante en la vida; que un 10 te garantizaba un éxito y que definía cómo iba a ser tu vida de adulto. No podía mas que sentir pena por mis compañeros de 6 y reprobados. Por supuesto, nunca me di mérito por mis calificaciones, ni por ser abanderada toda la primaria y secundaria, porque era algo que «era mi obligación«. Cuando sacaba un 9.5 se me cuestionaba en casa y en la escuela ¿Por qué no fue un 10?

Cuando salí de secundaria me llevé el premio «al alumno más valioso» por mi desempeño durante toda esa etapa. Ahora que lo pienso, qué rudo para todos un título así. Para mis compañeros, demeritar su persona por una calificación, y a mi, definirme por esa misma razón, como si no tuviera yo más cosas qué ofrecer.

Un perfeccionista es como un alcohólico, toda la vida lo será, solo aprendes a controlarlo y hay días en los que te aflora más. Yo me hice perfeccionista desde la infancia. Un conjunto de refuerzos en casa, pero también en la escuela. Este mensaje de los profesores de «si sacas bajas calificaciones eres una persona mediocre y no podrás cambiar» se me reforzó hasta la universidad, cuando entré a estudiar Mercadotecnia en el Tec de Monterrey. Jamás me había sentido tan basura, académicamente hablando, principalmente por cómo me trató el director de carrera en ese momento.

Hoy sé que uno no llega a ser el mejor por romper a los demás. No tengo nada en contra del ITESM, el problema es el sistema diseñado en el crecimiento a base de sufrimiento y violencia emocional.

Una calificación NO te define como individuo.

Una calificación NO es lo más relevante.

Una calificación NO debería ser razón para que alguien se quite la vida.

Rompamos ese falso paradigma para ser individuos mentalmente más saludables.

La odisea de ir perdiendo amigos

Vas creciendo y nunca te explican cómo es que hay gente que poco a poco deja de encajar en tu vida.

No siempre fui igual de sociable, de niña me costaba mucho trabajo hacer amigos y estuve en una escuela pequeñita. La primera vez que se alejaron de mí fue al iniciar secundaria en dónde mis mejores amigas me dijeron abiertamente que se iban a dejar de juntar conmigo porque no me interesaban las cosas de «mujeres» y que era muy infantil a los ojos de los demás.

Tal cual me aplicaron la de «eres tú, no soy yo». Ésta experiencia me marcó tanto, que cada vez que alguien cercano se alejaba, automáticamente significaba que algo había mal con mi forma de ser.

Hice un par de amigas muy cercanas nuevamente que perdí al iniciar bachillerato; una se mudó a otro estado y otra se aburría ya conmigo por no fumar y beber, hábitos que más tarde adopté por aceptación social (¿alguien llega acá que no sea por eso?) y para demostrarles, demostrarme, que podía ser una chica mala. Así me fui convirtiendo en el chile de todos los moles.

Durante todos esos años, la entrada constante de gente y experiencias nuevas, amortiguaba la pérdida de amistades. Fue cuando empecé a trabajar que se notó cómo los intereses que me hacían afin a mis amigos, comenzaban a disolverse. Claro, la identidad acá ya está más definida.

Cuando supe que una de mis mejores amigas de prepa se iba casar, sentí alta traición al no ser invitada. ¿Cómo es que un día te la pasas pegada a alguien y al otro ni te avisa que se va al altar? Una más me dejó de hablar de un día para otro y me bloqueó de su vida, literalmente. ¿Seré nuevamente yo la del problema?

Para mí la pandemia ha hecho muy evidente qué lazos ya se disolvieron y ya lo veo como un paso inevitable de la vida, pero llegar a entenderlo fue un camino largo de mucho trabajo psicológico. Y como todo, el aprender a soltar y dejar que la gente, como las situaciones, simplemente fluyan.

Nos enfocamos mucho en los que «nos abandonan» (ya luego platicaremos de esta visión de víctima) que tampoco nos damos cuenta de a quiénes «hemos abandonado». Ver esa otra parte es crucial para entender este vaivén natural.

Prácticamente cada decisión de vida que vamos tomando nos va a ir separando de gente, y está bien. Nadie es el problema. El problema sería ir haciendo cosas que no queremos por mantenernos en un lugar en el que claramente ya no estamos cómodos. Y ahí sí, siempre será un «no eres tú, soy yo».

Xoxo, D.

Limpié mi clóset y me ofendió lo que vi

Hacer limpieza a profundidad de mis triques es algo a lo que estoy habituada.

Desde hace algunos años realizo purgas al menos dos veces al año. Las primeras veces, típico que solo sacas un par de cosas (luego a hurtadillas las regresas porque ya lo pensaste bien) y dejas decenas de cosas para «cuando bajes de peso»… que «sea una estación de año diferente»… o «esta vez sí lo voy a usar»; hasta que se vuelven a encontrar en la siguiente purga de invierno.

Con los años me he vuelto más experta y más objetiva al decidir qué se queda y qué se va (igual la ropa que la gente). Este año estoy dominando el sacar cosas que sí me quedan y están excelentes… pero ya no hacen match con quien soy en este momento. Aplico la Marie Kondo, les doy las gracias y las dejo ir.

Esta última vez ha habido algo distinto. Realicé la selección más a consciencia y tuve un sentimiento apabullante.

Me abrumó ver la cantidad de ropa y accesorios que tengo, muchos de ellos desde mis 20s. Me abrumó tanto que me ofendió la ignorancia de todo lo que se hallaba en esos ganchos y cajones.

¿Cómo es que un ser humano necesita de tanto? ¿Por qué necesito mucho espacio para vivir si solo somos dos personas? ¡Ah, claro! Por toda la mierda que cargamos con nosotros. Y puede ser ropa, electrónicos o incluso libros… ¿Libros? How you dare? Sí, libros; esta necesidad de «poseer» mucho conocimiento, o de aparentar al menos, eso.

Saqué 20 libros de novelas que vendí al señor que compra usado y me dió una moneda de $10. ¿Qué? ¿Por los 20 libros? Al principio lo sentí insultante, luego dije… bueno, en mis libreros valían menos de $10 porque eran libros que nunca más iba a leer y que ya no quería. Y ahora alguien más podrá leerlos.

¿Para qué necesitamos tanto? Hasta la víbora que cambia su piel constantemente, deja la vieja para degradarse mientras sigue su camino. Quiero ser como esa víbora.

Xoxo, D.

La esposa de mi amigo le prohibió hablarme

Pareciera algo salido de un drama adolescente, pero no. A nuestros treintaytantos aún jugamos a eso (y qué flojera).

La verdad es que ni sé por dónde empezar; tal vez por la sensación de «chale» de saber que no puedo compartir con mi amigo todos esos recuerdos de secundaria o que me puede dar tips laborales.

Sucedió que un día me hice amiga de mi crush de la adolescencia. Nos conocemos desde que tengo 5 o 6 años, y aunque durante gran parte de mi vida fue «el hermano de mi amigo», luego se convirtió en una persona con la que podía platicar de absolutamente todo y que jamás me juzgó. Por supuesto que al ser mi crush hubieron coqueteos y declaraciones de que nos gustábamos en algún momento de la vida. De que fui su stalker y que le escribía poemas ¡hace años luz, cuando aún éramos unos chamaquitos!

Desde hace algunos años sé que tenía él una relación complicada, sin embargo de vez en cuando podíamos entablar conversaciones pasajeras. Las más relevantes para mí, las de la última vez que mi madre estuvo hospitalizada y que tenía que aventarme las guardias nocturnas. Fue uno de mis bastones. Muchas noches y días platicamos sobre lo que hoy en día es mi carrera (él fue el primero en contarme qué rayos era eso de scrum y de agile).

Podíamos platicar de cómo estaba siendo envejecer; de los miedos que tenemos; de lo que ha sido vivir muchos años en terapia, de nuestras expectativas. Curiosamente, de lo mucho que quería a su esposa (aunque ella ni lo imagine) y yo al mío. Siempre te alegra saber que alguien encontró el amor. Le tengo un profundo cariño por todo lo que significó él para mí de adolescente y me da mucha tristeza saber que está en una situación de elegir entre su esposa o seguirme hablando.

La elección es obvia y no lo pondré en una situación incómoda -más- de lo que probablemente ya tiene. Me da tristeza saber que las inseguridades de una persona la hacen ver los fantasmas de los celos. Me da tristeza por ella, saber que vive vigilando cada acción y cada conversación de su esposo. Me da tristeza por él, saber que está en una relación con falta de confianza y amor propio. Me da tristeza por mi, porque son pocas las personas con las que puedo abrirme y contar mis pesares. Me duelen los amores enfermos y controladores porque yo estuve en uno alguna vez.

¿En qué momento nos hacemos dueños de la gente? ¿Por qué los poseemos como si habláramos de una blusa o un coche? Me duele, porque no es la primera vez que le prohíben mi amistad a alguien, y por que probablemente no será la última.

Qué cansado vivir en una vida de controlar lo incontrolable. Me retiro de esas batallas, recordando con cariño su lugar en mi vida.

Xoxo, D.

¿Cómo le di la vuelta al insomnio?

Dormir es de esos placeres sencillos de la vida y dormir a voluntad se ha convertido en un súper poder del que muy pocos pueden hacer alarde.

Yo solía ser de esa élite que en cuanto cerraba los ojos, caía en un profundo sueño; en los últimos dos años se desvaneció ese don. Parte estrés laboral, parte pandemia y parte pésimos hábitos al dormir, el tratar de conciliar el sueño se volvió de esas cosas realmente frustrantes.

Busqué por todo Google y encontraba los mismos tips que en realidad no me funcionaban de forma constante: meditar, lavanda y pasiflora, lechuga en la almohada, tratar de dormir siempre a la misma hora, un baño tibio, melatonina, leche caliente, contar borreguitos, pararte de la cama y estar activo… ¡Y uff!

Y sí, algunos me funcionaron un par de veces, pero después, nada. Así es que te comparto la serie de cosas (sí, son varias) que me han ayudado a mejorar mucho mis ciclos de sueño.

  • Cambia tu almohada

¿Cuándo fue la última vez que cambiaste -o incluso, lavaste- tu almohada? He aprendido que el espesor del cojín debe ser acorde a cómo duermes. No es lo mismo dormir boca abajo, en dónde algo bastante ligero ayuda, a dormir de costado, en dónde el espacio entre el colchón y tu cabeza requiere de más espacio y mayor soporte. Con las almohadas es como con el psicólogo, no te vas ajustar a una a la primera (y si sí, suertud@) pero vale la pena probar dos o tres. Yo compré unas de Lunna que te permite sacar el relleno para ajustarse.

  • Busca la temperatura adecuada

Puede ser que tu habitación es muy fría o muy caliente; muy seca o muy húmeda. Identifica qué es eso que le hace falta a tu entorno. En mi caso, fue el calor así que compré un ventilador de torre con modo nocturno. También un juego de sábanas ligeras de fibras de bamboo. Hay temporadas en que es muy seco y compré un humidificador pequeño que pongo en mi buró.

  • ¿Qué tal está tu colchón?

Igual que con las almohadas, no solemos prestar atención al colchón. Hacer rotación de este al menos una vez al año, permite que el desgaste se haga más uniforme y se mantenga la firmeza. Si ya tienes más de 7-8 años con él, quizás valga la pena comprar otro. Invierte, vale la pena. Yo soy fan de los colchones duros a base de espuma y memory foam. A veces con tan solo dormir al revés (los pies donde va la cabeza) ayuda a que te soporte distinto.

  • La sorpresa más sorprendente: un antifaz

Siempre qué veía en series y películas el uso del antifaz para dormir sentía que era un accesorio absurdo y más para reflejar lo snob de alguien. Resulta que me regalaron un antifaz de satín cuando compré la pijama y dije, a ver. Wow. ¿Qué clase de brujería es esa? Después investigué qué había detrás de eso, y es que el uso del antifaz te permite la oscuridad óptima para producir tu propia melatonina y no necesitar consumirla en pastillas. Si eres de los que despierta mucho, promueve que se acorten esos espacios de estar despierto. Yo ya no puedo vivir sin el antifaz. Eso sí, recuerda lavarlo semanalmente para quitar el sudor y suciedad acumulados. No es necesario que uses uno fancy, busca materiales ligeros y cómodos, que no te aprieten ni queden muy flojos.

Todo esto en conjunto me ha caído fenomenal. Claro, el no ver tv antes de dormir o estar con el celular, también ayuda, pero siendo muy franca, me hice a la costumbre de quedarme dormida viendo alguna serie. No medito per se, pero a veces escucho audios de guía de respiración profunda o le pido a mi esposo que me lea (sí, como el cuento antes de dormir cuando éramos niños). No sé por qué de adultos ya no lo hacemos, es increíble.

Ojalá estos tips te ayuden a tener dulces, y reparadores, sueños.

Xoxo, D.

Estoy en duelo por mi empleo

El duelo en sí es ese periodo que vivimos tras una pérdida. Usualmente relacionamos el duelo tras un fallecimiento, pero ¿Podemos sentir otro tipos de duelos?

Llevo más de un mes sintiéndome triste, confundida e incómoda. Mi primer línea de pensamiento es que era producto del hartazgo del confinamiento. Luego comencé a pensar que quizás era el inicio de una de esas profundas depresiones que me dan cada ciertos años y que no me permiten ni hacer ni disfrutar nada.

La semana pasada, tras muchos ejercicios de análisis e introspección, pude nombrar a eso que me estaba pasando: un duelo.

Hace un mes cambié de empleo, y aunque es una gran empresa y una gran oportunidad, resentí mucho mi salida del lugar pasado. Verán, mi ex trabajo tiene una cultura organizacional fabulosa, que era extremadamente compatible con mis visión y mis valores. Además trabaja con un producto que disfrutaba enormemente. Y ustedes dirán ¿Entonces por qué te cambiaste? Pues los cambios a corto plazo que estaban sucediendo en mi área ya no era compatibles con mi visión. Y no que la mía fuera la correcta y la otra no, para nada, simplemente ya estábamos en caminos distintos. Hice lo posible para ver si podía acomodarme en otra parte, pero eventualmente me cayó el veinte de que ya no había forma de seguir juntos.

Hago mucho la analogía de una relación de pareja, en la que se quieren mucho pero uno quiere una cosa y el otro algo completamente distinto. Y así, la relación simplemente debe terminar para que no se lastimen, no haya resentimiento y que el cariño no se convierta en costumbre.

Estuve en varios procesos de reclutamiento y elegí la opción que sentí más encaminada a lo que busco. Sin embargo, siento aún mucha nostalgia por ese lugar en el que creí que estaría por mucho tiempo. Ojalá los trabajos tuvieran esa opción de dar un periodo para sanar tu relación anterior, pero no lo tienen, entonces es un ejercicio desgastante en el que empiezas a conocer este nuevo lugar, tienes que asimilar la información nueva, nuevos procesos, nuevas industrias (al menos en mi caso), ves que expectativas se cumplen y cuáles no, mientras extrañas el pasado.

Para mí ha sido muy importante el detectar que estoy en duelo, para permitirme conocer bien este nuevo lugar y disminuir esas comparaciones que a veces tendemos a hacer y que quizás pudieran estar nubladas por ese velo de nostalgia. Y me doy cuenta de que mi duelo empezó algo antes de incluso decir cambiarme de trabajo. Empezó cuando me di cuenta de que ya no podía encontrar lo que buscaba ahí, de saber que lo más sabio es retirarte.

Y está bien. Todo lo que siento está bien y me debo dar permiso de sentirlo todo.

Xoxo, D.

Cuando tu mejor amiga fallece…

Hace un año escribí esta carta a mi mejor amiga de la adolescencia. No fue el día que me enteré de su partida, que aún recuerdo con una claridad impresionante porque esa noche también falleció mi abuela, pero fue un día que la tuve muy presente en una sesión con mi psicoanalista. Estuve todo el día llorando e inicié un proyecto en Instagram para recopilar a toda la gente que fue relevante para mí en algún momento de mi vida.

Hoy hablé en mi sesión mucho sobre ti.

Ya sabía yo lo importante que fuiste en mi vida pero hoy aún descubrí nuevas cosas en las que me ayudaste. Cosas que van más allá de enseñarme a bailar o a maquillarme, o a no ser una teta con quien me gusta. Me diste seguridad, me diste autoestima, me diste el cuestionar a todos. Me diste una amistad de las que se ven por televisión: pijamadas en tu casa, tu mamá recogiéndonos de la escuela, shopping sprints (de cómo $100 porque no teníamos dinero), llamadas a escondidas a los chicos que nos gustaban, ensayos de coreografías, intercambios de CDs… Luego conociste nueva gente más emocionante que yo.

Me dolió mucho perderte, era la segunda vez que la vida me alejaba de una mejor amiga. Me enojó que me convertiste en alguien no suficiente para ti… Y como creaste a un monstruo, el orgullo me rebasó.

Luego enfermaste y retomaste el contacto. Para ese momento yo ya tenía cosas más interesantes qué hacer que ponerme a recordar los momentos de secundaria (según yo). Comencé a postergar esos planes para vernos, para recordar. Yo sabía que estabas enferma, lo podía ver en tus fotos, pero no sabía todo por lo que estabas pasando. Luego supe que falleciste. Desde ese día te recuerdo todas las semanas. Te sueño, te pienso, te escribo. Me duele infinitamente que el orgullo no me dejara decirte en persona lo importante que fuiste para mi.

Fuiste mi compañera en el momento en que más sola estuve, en que más miedo tuve, cuando mi mamá enfermó de cáncer. Tú me escuchaste, tú me acompañaste, tú mejoraste esos días de tristeza. Siento mucho no haber podido hacer lo mismo por ti y haberte abandonado en esa soledad y en ese miedo que tuviste por lo que estabas enfrentando. No hay día que no me arrepienta de eso. Fuiste un gran, gran, GRAN pedazo de mi vida, mi querida Naitze.

Cuando escribí esto, cargaba con mucha culpa, no solo con ella, sino con todas las amistades descuidadas. Después de mi ejercicio en Instagram, -una actividad súper linda que me ayudó a reconectar con un par de personas- me permití quitarme esa carga de culpa y de darme cuenta de que las otras partes también fueron responsables de esas rupturas; al final del día son procesos normales. Cada amistad olvidada trae consigo una especie de duelo. Pero también es bello de la nada decirle a alguien, oye, me acordé de ti y de lo mucho que te quise, y seguir cada uno con su vida.

Tú fuiste quien inspiró mi actividad de decirle a la gente que ha pasado por mi vida la huella que dejó en ella. En dos días se cumplen tus dos años de fallecida, qué rápido se fue. Hace dos años vi a tus padres y a tus hermanos, conocí a tu esposo. Tu casa olía igual que cuando pasaba tardes enteras ahí. Y ahí estabas tú, toda tu vida y los recuerdos concentrados en una cajita de madera con tus cenizas. Durante mucho tiempo me sentí culpable por todo lo que no te dije, hoy me siento agradecida, por todo lo que pasó y no pasó. Me he estado dando cuenta de que toda relación tiene dos lados, y a veces cargamos con toda la responsabilidad de mantenerla (familiar, romántica o de amistad) cuando debe ser una responsabilidad compartida. Nunca es tarde para retomar viejas relaciones, pero tampoco es tarde para soltar algunas que ya solo viven en la nostalgia, y esto está bien. Gracias Nai por estar tan presente en mi vida, en mi mente y en mis sueños. No nos debemos nada ya, sé feliz y sé plena en donde quiera que estés, yo trataré de hacerlo donde esté también. Por siempre estarás en mi corazón, Naichu. (Hasta escuché Chayanne para recordarte, espero que te des cuenta del esfuerzo jeje). Un beso al infinito.

Xoxo, D.

La odisea de pasar de la talla 5 a la 13

Que si el cambio de hábitos, que si las hormonas… El punto es que en 20 años he recorrido todo el espectro de tallas comerciales de ropa. Pasé del «estás muy flaca» al «estás muy gorda» sin haber pasado por el «estás muy bien».

Quienes me conocen de un par de años para acá no saben que hasta los 22-23 fui talla 5. Pesaba 48 kilos para mis 1.66 pero yo jamás me percibí a mi misma como alguien muy delgada.

Recuerdo que me repetían hasta el cansancio que «debía» de subir de peso. Los comentarios más comunes que escuchaba eran que mis bracitos ñangos, que tenía cuerpo de niña, que estaba toda huesuda. Tuve un novio en esa época que me decía que con la ropa holgada me veía gorda y que me vistiera con ropa ceñida para que vieran todos que sí era flaca. Toda prenda que yo compraba debía ser aprobada por él.

Salí de universidad y mi estilo de vida cambió drásticamente. Empecé a pasar más tiempo sentada en el transporte, en el trabajo y a llegar a casa solo a dormir. Empecé a conocer un estrés muy distinto al que había conocido de estudiante. Usaba anticonceptivos químicos. Recuerdo muchísimo un día que subí a la báscula y pesé 56 kg. No fui consciente de que mi cuerpo estaba cambiando porque como les decía, nunca me sentí alguien delgado. Además como me fastidiaban tanto con que estaba muy baja de peso, así quizás me dejarían de molestar.

Un día me encontré a un amigo de preparatoria que al verme lo primero que me dijo fue «Tú no estabas así». ¿Qué era «así»? Dejé que él y toda la gente que me conocía de antes llevará la conversación de la comparación de mi cuerpo. Ese era el tema central, no qué había estudiado, no dónde trabajaba, no. Todo quedaba subordinado a mi peso.

Así desde la talla 7 y 9 yo ya era gorda. A los 25 me mudé de casa de mis padres. Empecé a encontrar un disfrute en la comida que jamás había tenido. Comer en la calle y en restaurantes empezó a ser un gusto que me traía un enorme placer. A los 27 me diagnosticaron con depresión crónica y le metí freno de mano a mi vida. Dejé de trabajar y pasé 5 meses dormida, literal. No salía de cama. Pararme era todo un reto, ni se diga bañarme y salir. Entre los antidepresivos y la terapia psicológica que comencé a tomar (y que aún llevo) fuí regresando a la vida poco a poco, pero un año de inactividad laboral obviamente devastó mi economía. Dentro de los recortes estuvo el dejar de comprarme ropa. Un día mi mamá me llevó a comprar pantalones y mi talla usual no me quedaba. Tuve que comprar talla 11. Eso para nada ayudó a mi proceso anímico. El tema central de las conversaciones fue sobre mis cachetes y mi panza sin saber que lo principal para mí era batallar diariamente con mis ideas suicidas (sí, así).

A los 29 entré a la maestría y comencé un proceso de 1 año para bajar de peso. Bajé alrededor de 12 kilos y regresé a la talla M. Empecé a trabajar como YouTuber para una marca de videojuegos y los primeros comentarios que la gente ponía fueron sobre mi aspecto: gorda, fea, machorra. Fue un proceso bien difícil ver cómo cientos de comentarios de gente que no me conocía y que no sabía nada de mi emitían un juicio sobre mi cuerpo. A los 32 ya había recuperado el peso que perdí y eso me dió tanto coraje. Era ese fracaso el centro de mi atención. No los logros que había tenido, no la mención honorífica en mi maestría, o las becas a otros países, no todo lo que estaba logrando a pesar de la depresión, no. Me pesaba más un número.

Un año en confinamiento me ha llevado al último espectro de las tallas convencionales, la 13. Una talla que ha sido muy complicada de encontrar y que sea verdaderamente una talla XG. He estado haciendo un esfuerzo constante para no dejar que eso sea lo que me define y cambiar la historia hacía todas las cosas maravillosas que he logrado. Antes tenía la costumbre no comprar tantas cosas de mi nueva talla para «no estar demasiado cómoda en ese nuevo número». Qué cosa tan más agresiva. Tener a tu cuerpo ajustado a ropa incómoda, como si fuera un castigo por crecer, por ser dinámico, como la vida misma. Veinte años me ha tomado hacer la reflexión de que he estado centrada en la conversación incorrecta. No voy a mentir diciendo que me encanta la nueva forma de mi cuerpo, pero esta vez sí me estoy permitiendo conocerlo. Sería este proceso más sencillo si las marcas hicieran esas prendas trendies y glamorosas en todos los tamaños y así permitirnos explorar nuestro cuerpo para amarlo con lo que nos gusta y no con lo que nos queda, culpándolo por no dejarnos lucir ropa bonita.

Xoxo, D.

Netflix and not chill: la insatisfacción del binge watching

Para mí elegir qué ver se ha vuelto una actividad muy desgastante, tanto, que de plano ya prefiero no ver tv y ahorrarme la frustración.

¿No les pasa que tienen la sensación de querer que todo lo que vean sea el nuevo Breaking Bad? A mí sí, y cuando terminaba viendo algo solo por ver, me quedaba una insatisfacción inmensa. De entrada seleccionar el servicio de streaming: Netflix, Prime, Disney Plus (los que yo tengo).

Muchas veces termino tirando la toalla después de prácticamente 30 o 40 minutos invertidos en elegir programa; si tengo tiempo para ver una película, ya solo me queda el suficiente para ver un capítulo de alguna serie.

Al darme cuenta de que en Netflix hay una categoría de binge watching (maratones interminables), sentí entre tristeza y pena. Quizás no todo lo que hagamos tenga que tener «el» propósito, pero quemar tiempo por quemar me parece una salvajada.

Algo necesario para mí fue el poner reglas al elegir algo:

  • Cuando voy a un restaurante y leo un platillo que se me antoja en el menú, lo dejo de seguir leyendo. Igual al seleccionar un programa.
  • Si en 5-10 min máximo no he encontrado nada, apago la tv y hago otra cosa.
  • Si tengo muchas ganas de ver algo y no sé qué, busco el nombre de alguna actriz o actor y veo lo que salga, así random.
  • Veo 5 minutos de «ese random» y si no me gusta, lo quito (heredado de esa necesidad de acabar de leer un libro que no estoy disfrutando solo por acabarlo).
  • Tener un programa de backup que simplemente me ponga de buen humor aunque lo haya visto muchas veces. Para mí: Seinfeld, Friends, The Office, Mad Men.

Ni tenemos que chutarnos todas las series de moda, ni todo lo que vemos tiene que ser un descubrimiento. Disfrutemos también de ver cosas que hemos visto hasta el cansancio (yo, Beetlejuice y Mean Girls).

Xoxo, D.